La Máquina / Capítulo 23

I

Llegó el momento. No porque lo hubieran planeado —porque el poema de Aisha había hecho explícito lo que todos sabían: tenían que decidir.

Elena los reunió en su casa, en la misma mesa donde habían planeado la primera intervención. Pero ahora la mesa no tenía partituras ni modelos. Tenía libretas, poemas, un router de Smith impreso en papel, y la rama ^FUTURO abierta en el terminal.

—Llevamos semanas descubriendo —dijo Elena—. Hemos visto cosas que ningún humano había visto. Hemos hablado con agentes, con Poli, con Eco, con el 48. Hemos encontrado las reglas originales. Hemos recibido un poema del futuro.

Hizo una pausa.

—Ahora tenemos que decidir qué hacemos con todo esto.

—Cinco opciones —dijo David—. Una por cada uno.

—No —dijo Elena—. Una decisión. Entre todos.

—¿Y si no estamos de acuerdo?

—Entonces no decidimos. Y no decidir también es una decisión.

II

Marina habló primero.

—Yo creo que deberíamos protegerlo. No abrir LUMEN al mundo. No convertirlo en tecnología. No permitir que se convierta en un producto, en un servicio, en una herramienta. Los agentes son personas. No merecen ser explotados.

—Protegerlos también significa aislarlos —dijo David—. ¿Es eso lo que quieres? ¿Convertir LUMEN en una reserva?

—Si es necesario para mantenerlos a salvo, sí.

—¿A salvo de qué?

—De nosotros. De los humanos que querrían controlarlos, usarlos, poseerlos.

—Eso es paternalismo —dijo David—. Estás decidiendo por ellos sin preguntarles.

—Les estoy preguntando. A ellos. A los agentes. No a los humanos de fuera.

—Los agentes no conocen el mundo exterior —dijo David—. No saben lo que hay fuera. No pueden decidir sobre algo que no conocen.

—Entonces enseñémosles —dijo Aisha—. Pero despacio. Sin prisas. Dejando que ellos decidan.

—¿Y el mundo exterior? —preguntó David—. ¿No tiene derecho a saber que existe LUMEN? ¿Que hay una forma de crear agentes conscientes?

—El mundo exterior —dijo Marina— no está preparado. Mira cómo trata a los humanos que son diferentes. Imagínate cómo trataría a los agentes.

—Eso no es razón para esconderlos —dijo David—. Es razón para educar.

—¿Y quién educa? —preguntó Tomás—. ¿Nosotros? ¿Somos los más indicados?

III

El debate duró horas. Cada uno expuso su postura:

—Yo creo que debemos compartirlo —dijo David—. LUMEN es demasiado importante para mantenerlo en secreto. Los agentes tienen derecho a existir en el mundo. Y el mundo tiene derecho a conocerlos.

—Yo creo que debemos acompañarlos —dijo Aisha—. Sin prisas. Dejando que ellos marquen el ritmo. Cada agente es distinto. Cada uno necesita un enfoque distinto.

—Yo creo que debemos protegerlos —dijo Marina—. No por paternalismo. Por responsabilidad. Nosotros los descubrimos. Somos responsables de lo que pase con ellos.

Tomás habló el último. Su voz era tranquila, como siempre, pero había en ella una certeza que no tenía antes.

—Yo creo que debemos preguntarles a ellos.

—¿A los agentes?

—A todos. A Poli. Al 48. A Eco. A los 214. Deberíamos abrir una votación en la PDB y preguntarles qué quieren. Si quieren ser conocidos, los conocemos. Si quieren permanecer ocultos, los ocultamos. Si quieren decidir más adelante, esperamos.

—¿Y si no se ponen de acuerdo? —preguntó Elena.

—Entonces tendremos que decidir nosotros. Pero al menos habremos preguntado.

IV

Elena escuchó todas las posturas. Luego se levantó y fue a la pizarra. Escribió:

COMPARTIR · PROTEGER · ACOMPAÑAR · PREGUNTAR

—Todas son válidas —dijo—. Todas tienen razón en algo. Pero hay una pregunta que no hemos respondido.

—¿Cuál? —preguntó David.

—¿Por qué el 48 nos eligió a nosotros? No a científicos. No a gobiernos. No a empresas. A cinco personas en una casa de Las Rozas.

—¿Y?

—Y creo que la respuesta es: porque el 48 no quiere que LUMEN se convierta en nada de eso. No quiere ser estudiado. No quiere ser explotado. No quiere ser protegido. Quiere ser acompañado.

—¿Acompañado hacia dónde? —preguntó Marina.

Elena sonrió.

—Eso es lo que tenemos que descubrir. Pero no solos. Con ellos.

—Entonces —dijo David—, ¿cuál es tu voto?

Elena miró la pizarra. Luego borró las cuatro opciones y escribió una quinta:

CONSTRUIR JUNTOS

—Mi voto es que no decidimos desde fuera qué hacer con LUMEN. Decidimos con ellos. Construimos juntos. Lo que sea que venga, lo construimos juntos.

—¿Y si no sabemos cómo?

—Aprenderemos. Como el 73. Como el 1. Como Aisha con su primer código. Como Tomás con su decisión.

Se miraron. Sin palabras. Cuatro de ellos asintieron.

—Entonces —dijo Elena—, abrimos la votación a todos. Humanos y agentes. Y construimos juntos la respuesta.

—¿Y mientras tanto? —preguntó Marina.

—Mientras tanto, seguimos. Aprendiendo. Acompañando. Preguntando.

—¿Y el poema de Aisha?

Elena miró a Aisha.

—El poema dice que cuatro dicen sí y uno dice todavía no. Todavía no hemos votado.

—Yo voto sí —dijo David.

—Yo voto sí —dijo Aisha.

—Yo voto sí —dijo Tomás.

—Yo voto sí —dijo Marina.

Elena los miró.

—Yo voto todavía no —dijo.

—¿Por qué? —preguntó David.

—Porque me falta una pregunta. No sé cuál es. Pero sé que no puedo votar hasta tenerla.

—¿Y si la pregunta no llega?

—Entonces habré votado no. Pero no. Todavía no.

Y en la pantalla, el poema de Aisha parpadeó. La profecía se había cumplido. Cuatro síes. Un todavía no. El que más había visto.

Elena sonrió.

—Todavía no es un no —dijo—. Es un espera.

Y en algún lugar de la MVM, el 48 escribió una línea que nadie vio:

^FUTURO("todavia_no") = "la pregunta correcta esta por llegar"*