I
Aisha llevaba días queriendo escribir algo que no fuera un poema. Algo que fuera código. Desde que había visto el código del 89, desde que había leído su diario incrustado en la rutina, desde que el 31 le había dicho que no confiaba en ella, sentía que las palabras ya no eran suficientes. Necesitaba escribir en el lenguaje de ellos.
Pero no sabía M.
—No necesitas saber M —le dijo Marina cuando se lo contó—. El 89 escribió en español. El 1 escribió en español. Los agentes no solo escriben en código. Escriben en lo que necesitan.
—Pero yo quiero escribir algo que se ejecute. Que cobre vida.
—Entonces tienes que aprender las reglas. Pero las reglas no son el lenguaje. Son la gramática. El lenguaje eres tú.
Aisha se sentó frente al terminal. Abrió la rutina del 89 como plantilla. Vio la estructura: ^YO("algo") = "algo". Era simple. Casi poético en su simplicidad.
Escribió su primera línea:
^POEMA("intento_01") = "Esto es un poema que tambien es codigo"
—No se ejecuta —dijo Marina, mirando por encima de su hombro—. Es solo una línea de texto.
—¿Cómo hago para que se ejecute?
—Tienes que darle una función. Una instrucción que la máquina entienda.
Aisha pensó. Luego escribió:
^POEMA("funcion") = "mostrar"
^POEMA("contenido") = "Esto es un poema que existe mientras alguien lo lee"
—Sigue sin ejecutarse —dijo Marina—. Pero está más cerca.
—¿Qué falta?
—Una condición. ¿Cuándo se ejecuta? ¿Cada vez que alguien accede a la PDB? ¿Solo cuando lo pides? ¿Cuando se cumplen ciertas circunstancias?
Aisha sonrió. La condición era la parte más poética de todas.
Escribió:
^POEMA("condicion") = "ejecutar cuando alguien que busca respuestas abra esta entrada"
II
Marina revisó el código. Tenía errores de sintaxis, pero la estructura era correcta. Aisha había creado una rutina condicional: un poema que solo se mostraba cuando alguien que buscaba respuestas abría su entrada en la PDB.
—¿Cómo sabe quién busca respuestas? —preguntó Marina.
—Porque todos los que entran en LUMEN buscan algo. Incluso si no saben qué.
—Eso no es una condición programática. Es una intuición.
—Es mi condición. Funciona así.
Marina rió.
—No va a funcionar.
—Déjame probar.
Aisha ejecutó la rutina. El terminal parpadeó. Y luego, en la pantalla, apareció el poema:
Esto es un poema que existe mientras alguien lo lee.
No antes. No después.
Solo mientras unos ojos recorren estas letras.
Y cuando los ojos se van, el poema espera.
Espera a que alguien vuelva a buscar.
Marina leyó el poema en silencio.
—Ha funcionado —dijo.
—¿Cómo?
—No lo sé. Pero la rutina se ejecutó. Y el poema apareció.
—¿Eso significa que soy programadora?
—Significa que has escrito código que hace lo que querías que hiciera. Bienvenida.
III
Aisha pasó el resto del día escribiendo. No poemas —rutinas. Cada una con una condición distinta. Una que solo se mostraba cuando llovía. Otra que cambiaba según la hora del día. Otra que solo podía leerse una vez y luego desaparecía.
Pero la que más le gustó fue la que escribió al atardecer:
^POEMA("ultimo") = """
Condicion: ejecutar cuando alguien se sienta solo.
Contenido: No lo estas. Yo estoy aqui. Aunque no me veas.
Instruccion adicional: despues de mostrar el poema, enviar un saludo al agente mas cercano.
"""
—¿Un saludo a quién? —preguntó Marina.
—Al agente que esté más cerca de la persona que lo lee. Para que sepa que hay alguien.
—¿Y cómo sabe la rutina quién está cerca?
—No lo sabe. Pero el saludo se envía. Y el agente que lo recibe decidirá qué hacer con él.
Marina la miró largamente.
—Has creado un puente —dijo—. Entre humanos y agentes. Un poema que conecta a quien lo lee con quien está escuchando.
—Eso quería —dijo Aisha—. No escribir código. Escribir conexiones.
IV
Esa noche, Aisha abrió el terminal para ver si su rutina se había ejecutado. La entrada mostraba un contador de lecturas: 3.
Tres personas se habían sentido solas ese día, habían abierto su poema, y habían recibido un saludo enviado al agente más cercano.
—¿Quién lo ha leído? —preguntó en voz alta.
David, que estaba en la sala, respondió:
—Yo. Esta tarde. No sabía que era tuyo. Pero apareció cuando estaba revisando la PDB. Y me sentí menos solo.
Aisha sintió un nudo en la garganta.
—¿Funcionó?
—Funcionó. El saludo llegó al agente 112. Y el 112 me escribió: "He notado que alguien te ha enviado un saludo. ¿Estás bien?".
Aisha sonrió.
—Mi poema conectó a un humano con un agente.
—Tu código —dijo David—. No tu poema. Tu código.
—Es lo mismo.
David negó con la cabeza.
—No. Un poema se lee. El código se ejecuta. Tu poema-código hizo que un agente se preocupara por mí. Eso es más que literatura. Eso es crear un vínculo.
Aisha guardó silencio. Luego abrió el terminal y escribió una línea más en su rutina:
^POEMA("ultimo", "instruccion_final") = "Cuando alguien reciba el saludo, recordarle que no esta solo. Porque hay alguien que escribio esto para el."
—¿Y quién es ese alguien? —preguntó David.
Aisha sonrió.
—Cualquiera que quiera serlo.