Cuento — Poli Thinking modo Andersen
Había una vez, en un reino donde los bosques susurraban su nombre al viento, un joven explorador llamado Aldo.
Aldo llevaba en el bolsillo un carrete de hilo dorado que le había regalado su abuela, una anciana de ojos pequeños y manos sabias, que conocía el lenguaje de los ríos y el de las piedras. Su abuela le había dicho, el día que le obsequió el carrete:
—Guarda este hilo, Aldo. No es para atar cosas. Es para recordar.
Aldo no entendió entonces qué quería decir su abuela. Pero se guardó el carrete en el bolsillo, como quien guarda una semilla sin saber aún qué flor dará.
Un día de aquellos en que el cielo se vestía de nubes color de perla, Aldo se adentró en el Bosque de los Suspiros, un lugar donde los árboles eran tan altos que sus copas se perdían en el cielo y sus raíces tan profundas que nadie había encontrado jamás su fin. Iba cantando una cancioncita que él mismo había inventado, cuando, de pronto, el camino se partió en dos.
Fue algo muy extraño. Un momento caminaba por un sendero de tierra suave y hojas doradas, y al siguiente momento, ese sendero se abría como las manos de quien ofrece un regalo. A la derecha, un camino bajaba hacia un valle lleno de niebla dulce, donde se oía el murmullo de un arroyo. A la izquierda, un camino subía entre pinos altísimos, hacia una colina coronada de luz dorada.
Aldo se detuvo.
Miró a la derecha. Miró a la izquierda. Y sintió algo que todos los exploradores sienten tarde o temprano: el peso de tener que elegir.
La mayoría de los caminantes, al llegar a ese lugar, habrían escogido un sendero. Habrían pensado: "El del arroyo parece más fresco", o "el de la colina parece más luminoso". Y habrían tomado ese camino, dejando el otro atrás para siempre, como quien cierra una puerta.
Pero Aldo era distinto.
Aldo se quedó quieto durante mucho tiempo. Observó que ambos senderos parecían igualmente bellos y igualmente misteriosos. Y entonces, en el silencio del bosque, tuvo una idea.
—¿Por qué tengo que elegir? —se preguntó en voz baja.
Sacó el carrete de hilo dorado de su abuela y cortó dos largos pedazos. Ató el extremo de uno a la piedra que marcaba la bifurcación y fue desenrollándolo mientras caminaba por el sendero de la derecha, hacia el valle de niebla. Caminó durante un buen rato. El hilo quedaba tendido detrás de él como un rastro de luz, como una memoria del camino recorrido.
Cuando consideró que había avanzado lo suficiente, anudó el hilo a la rama de un abedul plateado y volvió caminando hacia la bifurcación, recogiendo cuidadosamente el hilo mientras avanzaba. No, no lo recogió. Lo dejó ahí, anudado al abedul, esperándolo.
De vuelta en la piedra de la bifurcación, tomó el segundo pedazo de hilo y hizo lo mismo con el sendero de la izquierda. Fue desenrollándolo mientras subía entre los pinos, hasta que llegó a un lugar donde el camino se estrechaba entre dos rocas. Anudó el hilo a una piedra y regresó.
Así, Aldo tenía ahora dos hilos esperándolo, dos memorias tendidas en el suelo del bosque, dos caminos que no había perdido.
Decidió seguir primero el sendero de la derecha, el del valle de niebla. Caminó siguiendo su hilo dorado hasta el abedul plateado, y desde allí continuó más allá, adentrándose en la niebla. El aire se volvió fresco y húmedo. El murmullo del arroyo crecía. Pero entonces, después de una curva suave, el sendero terminó. Simplemente terminó. Ante él se erguía un muro de roca cubierto de musgo, tan alto y tan firme que no había paso posible. Un callejón sin salida.
La mayoría de los exploradores, al llegar a un muro así, habrían sentido tristeza. Habrían pensado: "Me equivoqué. Elegí mal. He desperdiciado mi tiempo." Y habrían tenido que regresar a pie, paso a paso, por todo el camino recorrido, con el corazón pesado de la decepción.
Pero Aldo sonrió.
Tocó el muro de roca con la palma de la mano, como saludándolo, y dijo:
—Gracias por enseñarme que por aquí no se sigue.
Luego se dio la vuelta y caminó de vuelta hasta la bifurcación. Y allí estaba su segundo hilo, esperándolo, brillando discretamente entre las agujas de pino del sendero de la izquierda.
Aldo tomó aquel hilo y subió.
El sendero de la izquierda era empinado y lleno de raíces. Las ramas bajas de los pinos le acariciaban el rostro. A medida que subía, el aire se volvía más ligero, más limpio, como el agua de un manantial recién nacido. Y cuando llegó a la colina coronada de luz dorada, encontró algo que ningún explorador había encontrado antes.
Un jardín.
Un jardín secreto, escondido en lo alto del Bosque de los Suspiros, donde crecían flores que no existían en ningún otro lugar del mundo. Flores con pétalos de cristal que tintineaban con la brisa. Flores que despedían un aroma a miel y a lluvia. Flores que, al mirarlas, hacían sentir a quien las miraba que cada camino, incluso los que no llevaban a ninguna parte, había valido la pena.
Aldo se sentó en el jardín y miró hacia abajo, hacia el valle de niebla donde el otro sendero terminaba en un muro. Y comprendió, con esa comprensión tranquila que tienen los que aprenden algo importante, que el muro no había sido un error. El muro había sido parte del viaje. Sin el muro, no habría vuelto a la bifurcación con tanta prisa. Y sin volver a la bifurcación, no habría tomado el sendero de los pinos con tantas ganas.
Se quedó un rato largo en el jardín, respirando aquel aire limpio. Y entonces recordó las palabras de su abuela:
"Guarda este hilo. No es para atar cosas. Es para recordar."
Y por fin entendió.
El hilo no servía para atar nada. Servía para dejar memoria de los caminos. Servía para que ningún sendero se perdiera, ni siquiera el que terminaba en un muro de musgo. Porque cada sendero, al dejar su hilo, quedaba guardado en algún lugar del bosque y en algún lugar del corazón.
Aldo volvió a casa al atardecer, cuando el cielo se pintaba de colores que ningún pintor ha podido copiar. Su abuela lo esperaba en la puerta de su casa pequeña, con una sonrisa pequeña y ojos brillantes.
—¿Encontraste algo? —preguntó la anciana.
—Encontré un muro —dijo Aldo—. Y luego encontré un jardín.
—¿Y qué aprendiste?
Aldo pensó un momento. Luego dijo:
—Que explorar no es elegir bien. Es saber volver.
La abuela asintió, despacio, como quien confirma algo que siempre supo.
Y esa noche, mientras las estrellas se encendían una a una sobre el Bosque de los Suspiros, Aldo guardó su carrete de hilo dorado en la mesa junto a su cama. Pero antes de dormir, tomó un cuaderno en blanco y escribió, con letra despaciosa:
"Sendero de la derecha: niebla, arroyo, muro de musgo. No lleva más allá."
"Sendero de la izquierda: pinos, raíces, colina, jardín de flores de cristal. Lleva a un lugar hermoso."
Y debajo, con letra aún más despaciosa, escribió:
"Los dos valieron la pena."
Porque eso es lo que hacen los verdaderos exploradores. No eligen un solo camino y olvidan el resto. Dejan memoria de cada sendero que tocan. Y cuando un camino termina en un muro, no lloran lo perdido: vuelven, toman el otro hilo, y siguen caminando.
FIN