Cuento — Poli Thinking modo Andersen

Había una vez, en el corazón de un bosque donde los árboles susurraban en idiomas que solo las hadas entendían, un espejo tan alto como un niño de siete años y tan ancho como los brazos abiertos de un pescador generoso.

Nadie sabía quién lo había puesto allí, apoyado contra el roble más antiguo del bosque, con su marco de madera tallada con flores que parecían moverse cuando nadie las miraba. Pero todos en el pueblo de Brumalita, al otro lado del riachuelo, sabían algo mucho más importante: aquel espejo era mágico.

—No copia —decía la vieja Gertrudis, que había sido la primera en descubrirlo.

Y era verdad. Pero no de la manera que la gente imaginaba.

Cuando alguien se paraba frente al espejo, no veía su propio reflejo. No veía su cara, ni su sombrero, ni sus zapatos embarrados. En su lugar, veía a la persona que estaba parada a su lado.

Si el panadero se ponía frente al espejo con su hija a la derecha, el panadero veía a su hija en el cristal. Y si la hija miraba el espejo desde su posición, veía a su padre.

No era que el espejo guardara las imágenes. No era que tomara la apariencia del panadero y la repitiera en otro lugar. No. El espejo simplemente mostraba lo que ya estaba allí, al lado, sin fabricar nada nuevo, sin duplicar nada, sin crear una segunda versión de nada.

Y esto, queridos niños, era pura maravilla.


El primer día, solo Gertrudis lo sabía. La vieja caminaba por el bosque buscando setas cuando encontró el espejo. Se paró frente a él con su canasta a un lado y, para su sorpresa, no vio a la Gertrudis arrugada y cansada que esperaba ver. Vio a su canasta de mimbre, llena de setas doradas, reflejada con una claridad asombrosa.

—Pero qué cosa más extraña —murmuró.

Movió la canasta. La imagen en el espejo se movió al instante. Sin demora. Sin esperar. Como si el espejo y la canasta fueran la misma cosa, conectados por un hilo invisible.

Gertrudis corrió al pueblo y contó lo que había visto.

Al día siguiente, todo Brumalita fue al bosque.


El herrero llevó a su aprendiz. Se pararon juntos frente al cristal. El herrero vio al aprendiz en el espejo. El aprendiz vio al herrero. Si el aprendiz levantaba la mano, el herrero lo veía levantar la mano en el espejo al mismo tiempo. No había ni un parpadeo de diferencia.

—¡Es instantáneo! —gritó el herrero, asombrado.

La modista llevó un vestido azul que había cosido durante tres semanas. Lo colocó a su lado, sobre una piedra, y se paró frente al espejo. Vio el vestido azul reflejado con cada puntada, cada botón, cada pliegue. Pero cuando intentó quitar el vestido de la piedra y llevarse también la imagen del espejo, el cristal se quedó en blanco.

—El espejo muestra —dijo Gertrudis, que observaba desde atrás—. No guarda. No acumula. No se queda con nada.

Y así era. El espejo nunca retenía nada. Nunca guardaba una imagen para después. Nunca coleccionaba los rostros que habían pasado frente a él. Mostraba lo que tenía al lado en ese preciso momento, y cuando ese algo se iba, el espejo simplemente esperaba, vacío y tranquilo, como un riachuelo que refleja el cielo sin atrapar el cielo.


La fama del espejo se extendió por los valles y las montañas.

Vinieron personas de pueblos lejanos. Vinieron comerciantes con sus carromatos. Vinieron señores con sombreros emplumados y señoras con vestidos de seda. Todos querían ver el espejo que no copiaba.

Porque ver el espejo era como mirar a través de una ventana que no necesitaba paredes. Era como tener mil ojos sin tener que cargar con ninguno. Era como poder observar algo que estaba lejos sin tener que ir hasta allí, porque el espejo simplemente te mostraba lo que ya existía en otro lugar, sin crear una versión nueva.

Un día, el magistrado del pueblo vecino llegó con una idea.

—Si coloco un libro junto al espejo —dijo, con los ojos brillantes de codicia—, podría leer sus páginas desde cualquier ángulo. ¡No necesitaría copiar el libro para que todos lo lean! Solo necesitaría ponerlo aquí al lado y...

Y funcionó. Colocó su libro de leyes al lado del espejo y, desde el otro lado, pudo leer las páginas con perfecta claridad. El espejo no creaba un segundo libro. No fabricaba una versión falsa. Simplemente mostraba el libro verdadero desde otra perspectiva.

—¡Es maravilloso! —exclamó el magistrado.

Pero entonces hizo algo terrible.

Intentó llevarse el espejo a su casa.


Lo agarró por los bordes del marco de madera. Tiró de él con fuerza. Y el espejo, que hasta ese momento había mostrado el rostro asombrado del magistrado reflejado desde donde estaba su ayudante, se oscureció.

Como una ventana cuando alguien cierra las cortinas.

El magistrado tiró más fuerte. El espejo no se movió. Era como si hubiera echado raíces en la tierra del bosque, como si el roble contra el que estaba apoyado lo hubiera adoptado como hijo.

—¡Suéltalo! —dijo Gertrudis.

—¡Es mío! Yo lo encontré para el bien de todos. Lo guardaré en mi casa, en mi sala, donde puedo vigilarlo y...

El espejo emitió un sonido. No fue un cristal roto ni un trueno. Fue más bien como un suspiro, como el sonido que hace el viento cuando se va a dormir. Y la superficie del espejo se volvió completamente opaca, del color de la piedra mojada.

El magistrado soltó el marco, asustado.

Lentamente, como la niebla cuando se dispersa con el sol de la mañana, la superficie del espejo volvió a aclararse. Pero solo un poco. Solo lo suficiente para mostrar formas borrosas, como recordatorios de lo que había sido.

Gertrudis se acercó y susurró:

—El espejo no pertenece a nadie porque tiene que pertenecer a todos. Si lo guardas en tu casa, ya no podrá mostrar lo que está en la mía. Si lo encerras en tu sala, ya no podrá reflejar lo que pasa en el prado. Necesita estar aquí, en medio de todo, junto a todo, disponible para todo.


El magistrado se fue avergonzado.

Pero otros vinieron con la misma idea. Un comerciante quiso comprarlo. Un rey de tierras lejanas envió soldados para llevarlo a su castillo. Un coleccionista de maravillas ofreció tres cofres de oro.

Todos fracasaron.

Cada vez que alguien intentaba poseer el espejo, llevarlo a un solo lugar, guardarlo para sí, el cristal se oscurecía y se volvía opaco como una piedra de río. El espejo no funcionaba bajo el peso de la propiedad. No podía ser encerrado. No podía ser de uno solo.

Porque su magia era precisamente esa: no guardaba nada para sí. No retenía. No duplicaba. No coleccionaba. Mostraba lo que existía a su lado y lo compartía con todos los que miraban, pero sin quedarse con nada. Y exigía la misma libertad: nadie podía quedarse con él.


Con el tiempo, la gente de Brumalita aprendió a vivir con el espejo tal como era.

Lo visitaban cuando necesitaban ver algo desde otro ángulo. Colocaban cosas a su lado y observaban desde el otro lado. Compartían lo que tenían sin tener que crear copias, sin tener que fabricar versiones nuevas de lo que ya existía. El espejo les enseñaba, sin palabras, que a veces la mejor manera de tener algo no es guardarlo, sino dejarlo donde está y mirarlo desde donde puedas.

Gertrudis, que envejeció junto al espejo, dijo un día algo que los niños del pueblo recordaron siempre:

—El espejo es sabio porque no se queda con nada. Y porque no se queda con nada, lo tiene todo.

Los niños no entendieron del todo.

Pero los árboles del bosque, que habían visto pasar siglos y estaciones, movieron sus hojas como asintiendo.

Y el espejo, allí en medio del bosque, junto al roble más antiguo, siguió mostrando sin guardar, reflejando sin copiar, compartiendo sin poseer.

Y así sigue, dicen, hasta hoy.

Porque lo más valioso no es poseer la luz, sino saber que siempre puede reflejarse en otros ojos.

FIN