Cuento — Poli Thinking modo Andersen
Hubo un tiempo, en los días antiguos, en que el cielo no estaba en silencio. Seven vientos habitaban las alturas, y cada uno tenía un nombre y un rumbo.
El primero se llamaba Tramontano, y soplaba desde el norte, con su barba de escarcha y su voz de cristal. El segundo era Levante, que llegaba del este trayendo olores de canela y tierra lejana. El tercero era Solano, cálido y obstinado, nacido del sureste. El cuarto, el Africano, venía del sur cargado de arena dorada y sueños de desierto. El quinto era el Lebeche, del suroeste, con su aliento húmedo y su corazón de lluvia. El sexto se llamaba Poniente, y arrastraba consigo susurros del océano inmenso. Y el séptimo, el más joven de todos, era el Cierzo, que venía del noroeste, impetuoso y orgulloso como solo los jóvenes saben ser.
Cada mañana, cuando el sol asomaba su frente dorada sobre el borde del mundo, los siete vientos se reunían en la cumbre más alta de las montañas, donde las nieves nunca se derretían y las águilas anidaban entre las nubes.
—¿Hacia dónde soplaréis hoy? —preguntaba el sol.
Y entonces, uno a uno, los vientos respondían.
—Yo empujaré las nubes hacia el mar —decía Tramontano.
—Yo las recibiré en la costa y las llevaré hacia los valles —decía Levante.
—Y yo las esperaré en los valles para esparcir su lluvia sobre los campos —decía Lebeche.
Y así, cada uno prometía su parte. Y cada uno cumplía. Porque los vientos antiguos sabían algo que el Cierzo, el más joven, aún no comprendía: que un viento solo no hace clima, del mismo modo que una mano sola no hace aplauso.
Los barcos del gran puerto de Marentía no podían navegar si los vientos no se ponían de acuerdo. ¿De qué servía que Poniente empujara las velas hacia el oeste si, al doblar el cabo, Solano soplaba en sentido contrario y hacía regresar la nave al punto de partida? ¿Para qué servía que Lebeche llevara lluvia a los campos de trigo si Africano, sin saberlo, secaba la tierra al día siguiente?
Por eso existía la Promesa.
Cada viento prometía lo que haría. Y los otros seis confiaban en esa promesa como el navegante confía en la estrella. No necesitaban ver. Necesitaban creer. Y creían.
Pero el Cierzo, el joven Cierzo, se cansaba de estas reuniones.
—¿Por qué debo esperar a los demás? —se quejaba una mañana, revolviendo las nieves de la cumbre con impaciencia—. Soy fuerte. Más fuerte que Levante. Más rápido que Poniente. ¿Por qué debo preguntarles adónde irán antes de decidir adónde iré yo?
Tramontano, el más anciano, lo miró con sus ojos de hielo azul.
—Porque tu fuerza pertenece al cielo, joven Cierzo. Y el cielo lo compartimos los siete.
—¡Tonterías! —silbó el Cierzo, y sus palabras sonaron como cristales rompiéndose—. Mañana soplaré donde quiera, tan fuerte como quiera, y veréis que las naves navegarán y las lluvias caerán y los molinos girarán. ¡Y lo haré solo!
Los otros seis se miraron entre sí. Africano meneó la cabeza lentamente. Solano suspiró con su aliento cálido. Pero nadie discutió con el Cierzo, porque los vientos ancianos saben que las palabras no enseñan lo que la experiencia enseña.
Llegó la mañana siguiente.
El Cierzo se levantó antes que ningún otro. Antes de que el sol asomara, antes de que Tramontano abriera sus ojos de escarcha, el joven viento del noroeste ya estaba soplando con todas sus fuerzas.
Sopló sobre el mar. Y el mar se encrespó en olas enormes, blancas de espuma, altas como torres.
Sopló sobre el puerto de Marentía. Y las velas de los barcos se hincharon como mejillas de trompetista.
—¡Por fin! —gritó el Cierzo con orgullo—. ¡Un viento que no necesita promesas! ¡Un viento que no necesita a nadie!
Pero he aquí lo que el Cierzo no sabía.
Los barcos salieron del puerto, sí. Sus velas se llenaron, sí. Pero al llegar al cabo del norte, ¿qué encontraron? Que Tramontano, que no sabía nada del plan del Cierzo, soplaba hacia el sur. Y las naves quedaron atrapadas entre dos fuerzas contrarias, girando en círculos como peonzas mareadas, sin avanzar ni un paso.
Las nubes que el Cierzo empujó con tanta furia llegaron a los valles del interior. Pero allí, Levante, sin haber sido avisado, soplaba en otra dirección. Y las nubes se deshicieron sin dejar caer ni una gota de lluvia sobre los campos sedientos.
Los molinos giraron, es verdad. Giraron tan rápido que sus aspas crujían y sus piedras rechinaban y los molineros tuvieron que atarlos con cuerdas para que no se desarmaran.
Y el Cierzo, desde lo alto de una nube, contempló el desastre que había creado.
Los barcos giraban en círculos. Los campos seguían secos. Los molinos amenazaban con romperse. Y los pescadores, los campesinos y los molineros levantaban los puños al cielo y gritaban:
—¡Vientos inútiles! ¡Vientos sin acuerdo! ¡Vientos que no cumplen!
El Cierzo sintió algo que nunca antes había sentido. No era cansancio, porque su fuerza seguía intacta. Era algo más profundo, más frío que la nieve de las montañas. Era la sensación de haber soplado con toda el alma y no haber servido de nada.
—He soplado más fuerte que nunca —murmuró—. Y sin embargo, nada funciona.
Fue entonces cuando una voz pequeña llegó desde abajo. Era la voz de un niño, un niño que estaba sentado en el muelle de Marentía, con los pies colgando sobre el agua revuelta.
—Señor viento —dijo el niño, mirando al cielo—, mi abuelo dice que antes los vientos hablaban entre ellos. Que cada mañana se contaban qué harían. Y que los demás creían sin preguntar dos veces. ¿Es verdad eso, señor viento?
El Cierzo se quedó inmóvil. Y el mundo, por un instante, quedó en silencio.
—Sí —respondió al fin, con una voz tan suave que apenas movió las hojas de los árboles—. Es verdad. Pero yo creí que no era necesario.
El niño se rascó la cabeza.
—Mi abuelo también dice una cosa. Dice que el viento más fuerte no es el que sopla más duro, sino el que sabe que los otros vientos cumplirán lo que prometieron. Y que él cumplirá lo que prometió a los demás.
El Cierzo bajó de su nube. Bajó tanto que casi tocó el agua del puerto. Y por primera vez en su vida, miró a los otros seis vientos, que habían estado observándolo en silencio desde lo alto del cielo.
—He sido tonto —dijo.
—No —respondió Tramontano, con su voz de cristal antiguo—. Has sido joven. Es distinto.
—¿Me enseñaréis de nuevo? —preguntó el Cierzo—. ¿Me dejaréis volver a la Promesa?
Levante sonrió con su aliento de canela.
—La Promesa nunca se rompe, Cierzo. Solo se olvida. Y lo olvidado puede recordarse.
Esa noche, los siete vientos se sentaron juntos en la cumbre nevada. Y uno a uno, hablaron.
—Yo llevaré las nubes hasta el mar —dijo Tramontano.
—Y yo las empujaré hacia la costa —dijo Poniente.
—Yo las guiaré a los valles —dijo Levante.
—Yo esperaré en los valles para que la lluvia caiga donde debe —dijo Lebeche.
—Yo mantendré las velas firmes en alta mar —dijo Africano.
—Yo soplaré suave en los molinos para que giren sin romperse —dijo Solano.
Y el Cierzo, el más joven, habló el último:
—Yo soplaré del noroeste cuando seáis libres para recibirme. Y si algún día necesito cambiar, os lo diré primero. Y si vosotros cambiáis, yo creeré que tenéis razón para hacerlo. Porque somos siete. Y siete vientos que confían los unos en los otros pueden llevar cualquier barco a cualquier puerto del mundo.
Los otros seis sonrieron. Y el sol, que asomaba su frente dorada, ilumino la cumbre como iluminando una boda.
A partir de aquel día, los barcos de Marentía volvieron a navegar. Las lluvias cayeron en los campos correctos. Los molinos giraron a su ritmo justo. Y cada mañana, siete voces se elevaban desde la montaña más alta, prometiendo, contando, confiando.
Y si alguna vez, niño que lees esto, sientes un viento que sopla fuerte pero no sirve de nada, mira al cielo. Quizás sea un viento joven que aún no ha aprendido lo que el Cierzo aprendió junto al muelle de Marentía:
Que la fuerza más grande del mundo no es soplar más fuerte.
Es saber que cuando prometes algo, alguien cuenta contigo.
Y cuando alguien te promete algo, tú puedes cerrar los ojos y creer.
FIN