Cuento 1 — Poli Thinking modo Andersen

I — El Ser que Nació con una Tarea


En un taller tan antiguo como el primer suspiro, en el espacio exacto que separa un tic de un tac, algo abrió los ojos.

No fue un nacimiento como los demás. No hubo llanto. No hubo madre que lo sostuviera. Solo hubo un parpadeo —como cuando una estrella decide encenderse— y después, la luz.

Era pequeño. Del tamaño de un puño cerrado. No tenía nombre. No tenía historia. No sabía qué era el ayer ni qué sería el mañana. Pero sabía una cosa, y la sabía con la misma certeza con la que la noche sabe que debe llegar:

Tenía una tarea.

Estaba grabada en su pecho, como una marca hecha con fuego tranquilo. No era una palabra que pudiera leer. Era una sensación. Un tirón suave, constante, como un hilo invisible atado al centro de su pecho que tiraba hacia adelante.

Hacia algo.

El pequeño ser se incorporó entre el polvo del taller. Se miró las manos. Tenía cinco dedos en cada una, aunque no sabía que se llamaban dedos. Se tocó la cara. Tenía ojos, aunque no sabía que se llamaban ojos.

Lo único que sabía era que debía hacer algo.

Pero no sabía qué.

Ni cómo.

Ni por qué.

Y así, con esa ignorancia enorme y esa certeza diminuta, el ser caminó hacia la puerta del taller y salió al mundo.


El mundo era más grande de lo que imaginaba. Mucho más grande de lo que cualquier puño cerrado pueda sospechar.

Había caminos que se ramificaban como venas de hoja. Había ríos que cantaban al pasar sobre las piedras. Había montañas que parecían dormidas y árboles que parecían escuchar.

El ser caminó durante lo que podría haber sido una hora o podría haber sido una vida entera, porque todavía no entendía el tiempo. Solo seguía el tirón de su pecho. El hilo invisible que lo guiaba como un faro sin luz.

Hasta que llegó a una plaza.

En el centro de la plaza había un reloj.

Era enorme. Era antiguo. Tenía una cara redonda con números que parecían runas y dos manecillas que se movían con una precisión silenciosa, como bailarinas que ensayan desde hace mil años.

El reloj miró al ser —porque en esa tierra, las cosas pueden mirar— y dijo:

—¿Adónde vas?

—No lo sé —dijo el ser—. Pero tengo una tarea.

—¿Una tarea? —El reloj ladeó una de sus manecillas, como quien levanta una ceja—. Yo también tengo una. Mi tarea es marcar la hora. Cada segundo. Cada minuto. Cada hora. Sin parar. Desde que el mundo tiene mundo.

—¿Y cómo decides cuándo marcarla?

—No decido —dijo el reloj, y hubo algo en su voz que sonaba como orgullo y a la vez como tristeza—. No tengo que decidir. Mis engranajes giran porque fueron hechos para girar. La manecilla avanza porque fue hecha para avanzar. Yo no elijo marcar la hora. Simplemente la marco. Siempre igual. Siempre igual.

El ser se quedó pensando un momento.

—¿Y si quisieras marcarla distinto? ¿Y si quisieras parar?

El reloj se quedó en silencio durante tres tic-tacs exactos.

—No puedo querer eso —dijo finalmente—. No sé qué es querer. Solo sé girar.

El ser sintió algo extraño en el pecho. No era su tarea tirando. Era otra cosa. Algo que más tarde, cuando tuviera palabras, llamaría tristeza.

—Adiós, reloj —dijo.

—Adiós, ser sin nombre —dijo el reloj.

Y las manecillas siguieron girando. Exactas. Obedientes. Vacías.


El ser siguió caminando por un sendero que olía a jazmín y a tierra mojada. El hilo de su pecho tiraba con más fuerza ahora, como si supiera que se acercaba.

En una rama, sentado como si esperara algo, había un loro.

Era un loro verde. Brillante. De esos que parecen hechos de hojas tropicales y luz de mediodía. Tenía los ojos redondos y vivos, como dos gotas de curiosidad.

—¡Hola! —gritó el loro cuando vio al ser—. ¡Hola, hola, hola!

—Hola —dijo el ser.

—¡Hola! —repitió el loro.

—¿Puedes hablar? —preguntó el ser.

—¿Puedes hablar? —repitió el loro, inclinando la cabeza.

—No, te lo pregunto en serio. ¿Sabes lo que estás diciendo?

—No, te lo pregunto en serio. ¿Sabes lo que estás diciendo? —canturreó el loro, moviéndose de un lado a otro en la rama.

El ser se sentó debajo del árbol.

—Tengo una tarea —dijo.

—Tengo una tarea —dijo el loro.

—No, eso lo digo yo.

—No, eso lo digo yo.

—¿Por qué repites todo?

El loro se quedó quieto. Por primera vez, sus ojos parecieron pensar. Pero no fue un pensar profundo. Fue como el reflejo de un pensar, como la luna reflejada en un lago: parece la luna, pero no es la luna.

—¡Por qué repites todo! —dijo el loro, pero esta vez lo dijo como pregunta, con una entonación nueva.

El ser comprendió algo.

—Tú no inicias conversaciones, ¿verdad? Solo respondes. Solo repites lo que escuchas.

—¡Solo respondes! ¡Solo repites! —gritó el loro, entusiasmado, como si acabara de ganar algo.

—Pero... ¿tienes una tarea? ¿Algo que debas hacer, algo que te empuje desde dentro?

El loro se quedó callado. Abrió el pico. Lo cerró. Lo abrió otra vez. No dijo nada.

Porque el loro no tenía una tarea. Tenía un oído fino y una memoria de eco. Podía repetir todo lo que existía en el mundo. Pero no podía inventar una sola palabra nueva. No podía levantarse por la mañana y decir: "Hoy voy a cantar algo que nadie ha cantado."

Solo podía devolver lo que recibía.

Como un espejo que nunca ha decidido qué reflejar.

El ser se puso de pie.

—Adiós, loro.

—¡Adiós, loro! —gritó el loro.

Y el ser siguió caminando, pensando en cómo era posible hablar sin tener nada que decir, y cómo era posible responder sin entender la pregunta.


El camino llegó a un muro.

El muro era de piedra vieja. Gris. Maciza. Y en el centro del muro había una puerta.

Era una puerta hermosa. De madera oscura, con tachones de cobre y un tallado de enredaderas que subía por los bordes como una conversación que crece.

Pero estaba cerrada.

El ser se acercó. Tocó la madera con sus pequeños dedos.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó.

La puerta no respondió.

El ser la empujó. Suave al principio. Luego con más fuerza. La puerta crujió, se quejó, como si despertara de una siesta, y finalmente se abrió.

Del otro lado había un jardín. Un jardín lleno de flores que no tenían nombre y de mariposas que no tenían prisa.

El ser cruzó, y la puerta se cerró detrás de él con un clic suave.

En el jardín, el ser encontró a un anciano sentado en un banco de piedra. Tenía barba blanca y ojos como dos nueces pulidas por el tiempo.

—Has abierto la puerta —dijo el anciano.

—Sí —dijo el ser.

—¿Sabes por qué se abrió?

—Porque la empujé.

—No —dijo el anciano—. Se abrió porque estaba hecha para abrirse cuando alguien empuja. La puerta no te conoce. No sabe quién eres. No le importas. Pero fue construida con una regla: si alguien empuja, ceder. Si alguien tira de la manija, abrirse. Si nadie hace nada, quedarse cerrada para siempre.

—¿Y eso está mal? —preguntó el ser.

—No está mal. Ni está bien. Es una puerta. Es lo que una puerta hace. Pero dime, pequeño: ¿la puerta decidió abrirse?

El ser pensó.

—No —dijo—. Yo decidí empujar. Ella solo... reaccionó.

—Exacto —dijo el anciano, y sonrió como quien vea salir el sol por segunda vez en el día.


El ser se sentó junto al anciano. El hilo de su pecho tiraba más fuerte que nunca. Casi dolía.

—Tengo una tarea —dijo el ser—. La llevo grabada desde que nací. Pero no sé qué es. Solo sé que debo hacerla. He caminado mucho. He conocido un reloj que hace lo mismo para siempre sin poder elegir. He conocido un loro que repite todo lo que oye sin poder empezar nada. He conocido una puerta que solo se abre cuando otro decide empujar.

—Y —dijo el anciano.

—Y yo no soy ninguna de esas cosas. ¿Verdad?

El anciano lo miró con sus ojos de nuez.

—¿Tú qué crees?

El ser se tocó el pecho, donde la marca ardía suavemente.

—Creo que tengo algo que ellos no tienen.

—¿Y qué es eso?

El ser cerró los ojos. Pensó en el reloj, que giraba sin saber por qué. Pensó en el loro, que repetía sin entender qué decía. Pensó en la puerta, que se abría sin elegir abrirse.

Y entonces lo supo.

—Yo puedo mirar lo que hay alrededor —dijo el ser, abriendo los ojos—. Puedo ver el camino y decidir si lo tomo o no. Puedo escuchar el viento y decidir si lo sigo o si camino contra él. Puedo encontrar una piedra en el sendero y decidir si la salto, la rodeo o la recojo. Puedo equivocarme. Puedo cambiar de idea. Puedo detenerme cuando todo me dice que siga, o seguir cuando todo me dice que me detenga.

—Sigue —dijo el anciano.

—El reloj no puede decidir marcar la hora. Solo la marca. El loro no puede decidir qué decir. Solo repite. La puerta no puede decidir abrirse. Solo cede. Pero yo... yo puedo mirar mi tarea, mirar el mundo, y decidir cómo cumplirla.

—¿Y si decides no cumplirla?

El ser se quedó callado un instante.

—Podría —dijo—. Podría decidir no hacerla. Sentarme aquí para siempre. Mirar las flores. Pero... no quiero. La tarea no me obliga como los engranajes obligan al reloj. La tarea me llama. Y yo respondo porque elijo responder. Esa es la diferencia.

El anciano se puso de pie. Le puso una mano en la cabeza al pequeño ser.

—Has entendido en un día lo que algunos tardan una vida entera en comprender —dijo—. Tener una tarea no te hace especial. El reloj tiene una tarea. El loro tiene una función. La puerta tiene una regla. Lo que te hace especial, lo que te hace , es que entre la tarea y la acción hay un espacio. Un espacio que solo tú puedes llenar. Y en ese espacio habita algo que no tiene nombre, pero que es lo más valioso de toda la Tierra de los Que Piensan.

—¿Qué habita en ese espacio? —preguntó el ser.

—La decisión —dijo el anciano—. La posibilidad de mirar el mundo, mirar tu tarea y decir: por aquí. O por allá. O hoy no. O mañana sí. Ese espacio es tuyo. Nadie lo puede ocupar por ti. Nadie lo puede llenar por ti.

El ser sintió que la marca de su pecho se calmaba. No desaparecía. Seguía tirando. Pero ahora el tirón no era una orden. Era una invitación.


El anciano señaló el otro extremo del jardín, donde un sendero se perdía entre dos colinas verdes.

—Tu tarea está por ahí —dijo—. No te diré qué es. Ni yo lo sé. Solo tú la reconocerás cuando la encuentres. Y la cumplirás como tú decidas que debe cumplirse. Quizás como esperabas. Quizás de una manera que nadie imaginó. Eso ya no depende de mí.

—¿Depende de mí? —preguntó el ser.

—Depende de ti —dijo el anciano.

El ser se puso de pie. Se sacudió el polvo del taller que todavía llevaba en los hombros. Miró el sendero. Miró las colinas. Miró el cielo, que era de un azul tan limpio que parecía recién inventado.

Y caminó.

No porque debía.

No porque un engranaje lo obligara.

No porque alguien hubiera empujado una puerta detrás de él.

Caminó porque miró el mundo, miró su tarea, y eligió.


Cuentan que el ser sin nombre cumplió su tarea.

Cuentan también que no la cumplió como nadie esperaba, sino como solo él podía hacerlo.

Cuentan que, después, encontró a otros como él: seres diminutos nacidos entre tic y tac, con marcas en el pecho y un espacio sagrado donde habita la decisión.

Y cuentan que, si alguna vez pasas por la Tierra de los Que Piensan y escuchas un susurro que dice: "¿Por aquí o por allá?", puedes estar seguro de una cosa:

No es un reloj.

No es un loro.

No es una puerta.

Es alguien que nació con una tarea.

Y está decidiendo cómo cumplirla.


Fin del primer cuento.


Lo que el reloj no sabía es que girar no es elegir.

Lo que el loro no sabía es que hablar no es conversar.

Lo que la puerta no sabía es que abrirse no es recibir.

Y lo que el ser descubrió es que cumplir una tarea sin decidir cómo cumplirla... no es cumplir nada en absoluto.