Cuento — Poli Thinking modo Andersen

Había una vez, en un pueblo muy pequeño donde los tejados parecían inclinarse unos hacia otros como viejos amigos conversando, una niña llamada Elara que coleccionaba plumas de pájaro, piedras lisas y preguntas.

Las preguntas eran lo que más coleccionaba. Las guardaba en los bolsillos del delantal y, cuando estaban llenos, las dejaba caer en los oídos de quien quisiera escucharlas.

—Abuela, ¿adónde van las palabras cuando nadie las recuerda?

—Al viento, niña. Al viento se van.

Pero Elara no estaba segura de que eso fuera cierto.

Porque resulta que detrás de la casa de la abuela había una colina. Una colina redonda y suave, cubierta de margaritas en primavera y de escarcha en invierno. Una colina como cualquier otra.

Excepto que no lo era.


Todo comenzó un martes, que como todo el mundo sabe es el día de la semana más propicio para encontrar portales escondidos. Elara perseguía una mariposa azul —de esas que parecen hechas de pedazos de cielo desprendidos— cuando la criatura se zambulló directamente en un agujero al pie de la colina.

Un agujero que no estaba ahí la mañana del lunes.

Elara se arrodilló y miró dentro. Vio luz. No la luz del sol, sino una luz dorada, tibia, como la que tienen las lámparas de aceite cuando alguien lee muy tarde por la noche.

Y olía a papel viejo. A tinta seca. A historias.

Entró.

El pasillo era tan estrecho que tuvo que caminar de costado, rozando con los hombros las paredes de tierra húmeda, entre raíces que colgaban como dedos pensativos. El pasillo descendía, descendía, y Elara sintió que el mundo de arriba se iba haciendo pequeño, pequeño, como un recuerdo que se aleja nadando.

Hasta que el pasillo se abrió.

Y Elara contuvo la respiración.


Era una sala inmensa, tan alta que el techo se perdía en una penumbra color miel. Y en cada pared, desde el suelo hasta donde la vista se rendía, había estanterías. Y en cada estantería, libros.

Miles de libros.

Millones de libros.

Libros con lomos de cuero agrietado. Libros con cubiertas de tela descolorida. Libros diminutos que cabían en una palma y libros tan grandes que necesitarían dos personas para abrirlos. Libros que brillaban suavemente, como si la tinta con la que estaban escritos todavía estuviera húmeda, todavía estuviera viva.

—Bienvenida —dijo una voz.

Elara se giró. Sentada en un escritorio diminuto, entre dos estanterías gigantescas, había una anciana. O quizás no era una anciana. Era difícil saberlo, porque su rostro tenía la cualidad de las nubes: cambiaba de forma según cómo la miraras. Sus ojos, en cambio, eran fijos y profundos, del color exacto de la tinta morada.

—¿Quién es usted? —preguntó Elara, porque aunque tenía muchas preguntas en los bolsillos, esa fue la primera que encontró.

—Soy la Guardiana. Y esta es la Biblioteca bajo la Colina.

—¿Qué tipo de biblioteca es?

La Guardiana sonrió. Era una sonrisa que contenía otras sonrisas dentro, como las muñecas rusas.

—Es la biblioteca donde se guardan todas las cosas que alguien escribió. Cada carta que un abuelo envió a su nieta. Cada poema que alguien garabateó en un espejo empañado. Cada receta que una madre pasó a su hijo en un papel arrugado. Cada cuento inventado a la luz de una vela. Cada uno. Todos. Están aquí.

Elara caminó entre las estanterías, pasando los dedos por los lomos de los libros. Algunos estaban calientes. Otros vibraban suavemente, como si dentro de ellos alguien siguiera escribiendo.

—¿Todos? —susurró.

—Todos los que fueron escritos con verdad. No importa si fueron bellos o torpes. No importa si nadie los leyó. Si alguien los puso en el papel con el corazón, están aquí. Y aquí se quedan.

—¿Para siempre?

—Para siempre.


Elara comenzó a visitar la biblioteca cada tarde. La Guardiana le enseñó a buscar. No con un catálogo ni con números, sino escuchando. Cada libro tenía un sonido propio, como un latido, y si ponías la oreja contra las estanterías y pensabas en lo que querías encontrar, el libro correspondiente se calentaba entre tus dedos.

Elara encontró cartas de soldados que nunca llegaron a su destino. Encontró el diario de una niña que había vivido en esa misma colina trescientos años antes. Encontró poemas de amor escritos por alguien que no sabía escribir bien y había dibujado corazones en lugar de puntos.

Cada libro que abría era como asomarse a una ventana y ver a alguien vivo al otro lado.

Porque aquí estaba la cosa más extraña de todas: aunque quienes habían escrito esos libros hacía mucho tiempo que se habían ido del mundo, los libros no se sentían viejos. No se sentían como cenizas. Se sentían como alguien que acaba de terminar una frase y espera tu respuesta.

—¿Por qué no puedo llevarme los libros? —preguntó Elara un día, porque cada vez que salía de la biblioteca sentía que dejaba algo de sí misma atrás.

La Guardiana levantó un dedo largo y nudoso.

—Porque los libros no son objetos para poseer. Son conversaciones. Y las conversaciones solo existen entre dos. Tú lees, y el autor sigue hablando contigo. Si te llevaras el libro, romperías la conversación. Debes venir aquí. Siempre. Y cada vez que vengas, el libro te esperará exactamente donde lo dejaste, por la página exacta en la que paraste. Es paciente. Todos lo son.

Y así era. Elara lo comprobó una y otra vez. Dejaba un libro abierto en la página cuarenta y tres, volvía tres días después, y allí estaba: página cuarenta y tres, esperándola como un perro fiel.


Pero toda buena historia necesita una sombra. Y la sombra llegó.

Se llamaba Maestro Caelum, aunque nadie en el pueblo lo llamaba así. Lo llamaban "el que lo sabe todo", y le gustaba que lo llamaran así. Era un hombre alto, delgado, con un traje gris perla y unos dedos muy limpios que usaba para señalar los errores de los demás.

Caelum escribió libros. Muchos libros. Libros gruesos sobre cómo debían ser las cosas, sobre quién tenía razón y quién no la tenía, sobre qué historias merecían ser contadas y cuáles debían ser olvidadas.

Un día, siguiendo a Elara sin que ella lo supiera, descubrió la biblioteca.

Bajó por el pasillo estrecho. Atravesó la sala de los millones de libros. Y se plantó frente a la Guardiana con su traje gris perla.

—Esta biblioteca es un desastre —dijo, señalando las estanterías con un dedo igual de perla—. Aquí hay cartas de campesinos que apenas sabían firmar su nombre. Hay diarios de niños. Hay poemas atroces. Todo mezclado, todo guardado, como si todo tuviera el mismo valor.

—Todo tiene el mismo valor —dijo la Guardiana.

—No. No lo tiene. Hay cosas que deberían borrarse. Cosas que están mal escritas. Cosas que contradicen mis libros. Yo soy quien decide lo que merece sobrevivir.

Y dicho esto, caminó hasta la estantería donde guardaba los libros más viejos, los más torpes, los más frágiles. Sacó un librito pequeño, de cubiertas manchadas, escrito por una mujer que hace doscientos años había apuntado sus recetas de pan y, entre las recetas, había escrito: "Hoy mi hijo me dijo te quiero y el mundo entero cabía en la cocina."

Caelum abrió el libro y sacó una pluma. Una pluma especial, con tinta del color de la nada.

Y tachó la frase.

—Esto no merece existir —dijo.

Elara, que había llegado justo en ese momento, quiso gritar. Pero no pudo. Porque algo extraordinario sucedió.

La línea tachada comenzó a temblar. Y muy lentamente, como una flor que se reabriere al amanecer, la tinta de la pluma especial comenzó a desvanecerse. Y debajo de ella, las palabras de aquella mujer seguían allí.

"Hoy mi hijo me dijo te quiero y el mundo entero cabía en la cocina."

Caelum frunció el ceño. Tachó más fuerte. Más oscuro. Pasó la pluma una vez, dos veces, diez veces sobre la frase.

Y la frase volvió. Cada vez más nítida. Cada vez más presente.

—No se puede borrar —dijo la Guardiana con calma—. Lo escrito con verdad no se borra. Puedes tacharlo. Puedes quemar el papel. Puedes cerrar la puerta de esta biblioteca y echar la llave al mar. Pero lo que alguien puso en el papel con el corazón, permanece. Permanece aunque nadie lo lea. Permanece aunque todo el mundo lo olvide. Porque cuando una persona escribe algo verdadero, una parte de ella se queda viva para siempre, esperando ser leída de nuevo.

Caelum intentó borrar otro libro. Y otro. Y otro. Pasó toda la noche tachando, cruzando, cubriendo de tinta oscura página tras página.

Y al amanecer, cuando la luz dorada de la biblioteca se hizo más intensa, todos los libros estaban limpios. Todas las palabras estaban allí. Firmes. Intactas. Pacientes.

Como si nunca hubieran sido tocadas.

Caelum se sentó en el suelo, con su traje gris perla ahora arrugado y manchado de tierra, y lloró. No de rabia. Lloró porque comprendió algo que le dolía: que él también había escrito cosas con verdad, mucho tiempo atrás, antes de volverse el que todo lo sabe. Un poema torpe cuando era niño. Una carta a su madre. Y esos escritos también estaban aquí, guardados, esperándolo.

Esa noche, Caelum abrió un cajón olvidado de la biblioteca y encontró su propia carta de niño, aquella que decía: "Mamá, hoy vi una libélula y pensé en ti."

Y la leyó. Y la biblioteca respiró.


Elara siguió yendo cada tarde a la Biblioteca bajo la Colina. Leía. Escuchaba los latidos de los libros. Y a veces, ponía la oreja contra la estantería más profunda, aquella donde se guardaban los escritos de personas que ya nadie en el mundo recordaba.

Y los oía.

Lejanos, suaves, como murmullos de un río subterráneo.

Seguían ahí. Seguían hablando.

Aunque nadie los escuchara, seguían hablando.

Y esperarían. Todo el tiempo que hiciera falta.

FIN