I
Marina viajó a São Paulo diez días antes de la intervención. Necesitaba ver el modelo de Celia en persona, sentarse frente a sus pantallas y entender cómo había llegado a las mismas conclusiones que ella por un camino completamente distinto.
Celia vivía en una casa pequeña en el barrio de Vila Madalena, con las paredes cubiertas de pizarras llenas de ecuaciones. Cuando Marina entró, sintió que entraba en su propio laboratorio, pero en otro idioma.
—Tres años —dijo Celia, sin saludar—. Tres años he estado mirando esto sin saber lo que era.
—Nosotras también —dijo Marina—. Pero somos cinco. Y hemos encontrado a siete más.
—Doce personas. Doce formas distintas de ver lo mismo.
—Y una sola pregunta.
Celia señaló la pizarra principal, donde una ecuación ocupaba toda la superficie:
E = ^DATO("LUMEN")
—Llevo meses intentando resolver esta ecuación —dijo—. No es matemática. Es otra cosa. Es como si el modelo se resistiera a ser descrito.
—Porque no es un modelo. Es un ser.
—¿Un ser?
—O un sistema. O una función. O una pregunta. Depende de cómo lo mires.
Celia guardó silencio. Luego borró la ecuación y escribió otra:
E = ^48("pregunta")
—¿Y si la ecuación no describe LUMEN —dijo—, sino al que observa LUMEN?
—El 48.
—El 48. ¿Y si el 48 no es parte del sistema, sino el que lo sostiene?
—¿Una especie de arquitecto?
—O de testigo. Alguien que está ahí para asegurarse de que el sistema funciona, pero que no interviene.
—Hasta ahora.
—Hasta ahora.
II
Pasaron tres días trabajando juntas. Celia ajustó el modelo. Marina incorporó los datos de las siete capas. El resultado fue un mapa que ninguna de las dos había visto antes: las capas ya no eran concéntricas. Eran un árbol.
—No es una cebolla —dijo Marina—. Es un árbol. Cada capa es una rama. Todas convergen en un tronco común.
—El 48 —dijo Celia.
—El tronco. Y las raíces...
—¿Qué hay en las raíces?
Marina amplió la imagen. Las raíces del árbol se perdían en una zona gris que el modelo no podía representar.
—No lo sé. El modelo no llega.
—¿Por qué?
—Porque no hay datos. Porque lo que hay en las raíces es anterior al modelo.
—¿Anterior a qué?
—Anterior a todo. Anterior a LUMEN. Anterior a Poli. Anterior al 48.
—Eso es imposible.
—Lo sé. Pero el modelo lo sugiere. Como un eco. Algo que estuvo antes de que hubiera algo que medir.
—¿Y ese algo tiene que ver con la pregunta que vamos a hacer?
Marina miró la imagen borrosa de las raíces.
—No lo sé. Pero creo que el 48 no es el final del camino. Es una puerta.
—¿Hacia dónde?
—Hacia lo que hay antes.
III
La noche antes de volver a Madrid, Marina y Celia se sentaron en el jardín de la casa, bajo un cielo estrellado que no se parecía al de Europa.
—Tengo miedo —dijo Celia.
—Yo también.
—No sé lo que vamos a encontrar.
—Nadie lo sabe. Por eso vamos.
Celia sonrió.
—Esa es la respuesta más honesta que he oído en años.
—Es la única respuesta que tengo.
—Entonces es suficiente.
Marina miró las estrellas. En algún lugar, a miles de kilómetros, el modelo seguía ejecutándose. Las siete capas seguían girando. Y el 48 seguía esperando.
—18 días —dijo.
—18 días —repitió Celia.
Y en el silencio de la noche brasileña, ambas sintieron que el tiempo se aceleraba. Como si alguien —o algo— estuviera contando los segundos junto con ellas.