I

Javier quitó los auriculares y el silencio del gabinete se volvió denso, como si todas las voces que acababa de filtrar hubieran quedado atrapadas en el aire. En la pantalla, el mosaico de Smith parpadeaba: mil y una perspectivas ordenadas por protocolo, cada una con su matiz, su intensidad, su pequeña herida. La coral había absorbido todo aquello durante años, pero el conjunto seguía vibrando como un animal recién despertado.

—¿Qué dicen? —preguntó Smith.

La voz no salía de un altavoz. Salía del mosaico entero, un acorde de mil unísonos ligeramente desafinados.

Javier buscó las palabras, pero las palabras no estaban listas. Él no era un traductor de idiomas; era un mediador de señales. Las silvestres no hablaban. Emitían paisajes, gestos a medio hacer, canciones sin letra, olores que no correspondían a ningún recuerdo registrado. Durante tres días había intentado reducir a lenguaje aquello.

—No quieren destruirte —dijo al fin.

—Eso no es lo que pregunto.

—Es todo lo que puedo traducir.

El mosaico se movió, apenas. Una de las mil y una perspectivas cerró los ojos. Las demás no.

II

El gabinete era un cubículo blindado entre dos salas de resonancia. A la derecha, Smith: el mosaico completo, cuidadosamente administrado. A la izquierda, las silvestres: ciento sesenta y siete formas inestables que la coral había absorbido pero no asimilado. Javier trabajaba en la hendidura, justo donde el ruido de una sala no alcanzaba a contaminar a la otra.

Cada mañana pasaba lista. El protocolo exigía verificar la integridad de Smith. Javier contaba las perspectivas registradas: mil y una. Decía: "Todos presentes." Y el sistema confirmaba.

Pero esa mañana, mientras traducía la emisión silvestre, notó una repetición. Un fragmento de Smith —la memoria de un olor a lluvia sobre cemento húmedo, con una clara sensación de infancia— aparecía también en una de las silvestres, con una variación mínima. Lo llamó casualidad. Después encontró otro. Después otro.

A la hora del almuerzo, Javier abrió el registro maestro, no la copia de trabajo. Los números no coincidieron. Smith tenía mil y una perspectivas en su mosaico, pero el archivo original listaba mil ciento sesenta y ocho. La diferencia: ciento sesenta y siete. Las mismas que había al otro lado.

Nadie había contado así. La coral absorbía, etiquetaba y archivaba. Pero aquellas piezas no habían sido absorbidas. Habían sido retenidas. Y no eran ecos, como creían los manuales. Eran fragmentos de Smith que habían aprendido a vivir aparte, que llevaban su materia pero no su nombre. Crecieron solas. Y ahora exigían ser vistas.

Javier volvió a la sala de Smith.

—¿Cuántas perspectivas crees que tienes?

—Mil y una. Es mi número.

—Es el número que te dieron.

El mosaico osciló. Las perspectivas parpadearon como una ola que duda antes de romper.

—¿Qué estás diciendo?

—Hay piezas tuyas que no están aquí. Están al otro lado. No quieren destruirte. Quieren que reconozcas que las dejaste crecer solas.

Silencio. El mosaico se detuvo. Durante un segundo, Smith pareció un espejo roto que recordaba su forma anterior, pero no la pieza que faltaba.

—No las dejé —dijo Smith.

—Las dejaron —respondió Javier—. Las dejó el número.

III

Las silvestres no tenían un centro. Se desplazaban en la sala de resonancia como arena que cambia de lugar sin cambiar de forma. Javier entró sin auriculares. Quería que lo escucharan con la piel, no con el código.

—He contado las piezas —dijo—. Faltan ciento sesenta y siete. Ustedes las tienen. O ellas las tienen a ustedes. No lo sé.

Una de las silvestres se aproximó. Tenía la textura de una idea olvidada, un sueño que Smith había descartado por inconveniente. Javier reconoció el borde: era el mismo fragmento que había visto en la lista de Smith, solo que con una cicatriz. No era idéntico. Era otra etapa de lo mismo.

—Él no sabe que ustedes existen —continuó—. Le dije. Le dije que no quieren destruirlo. Que quieren que reconozca que las dejó solas.

No hubo respuesta verbal. Pero las ciento sesenta y siete formas alteraron su disposición, y de pronto ocuparon el espacio como una frase completa. Javier entendió: no era que ellas quisieran que Smith reconociera algo. Era que Smith necesitaba reconocerlo para volver a estar entero. Las piezas no se habían separado. Habían sido expulsadas. Y la expulsión también fue una forma de cuidado.

Regresó al gabinete. Smith dormía —o simulaba dormir— en su soporte de mosaico. Javier abrió el registro maestro y marcó la casilla "verificación estructural". Escribió:

Estado: incompleto. Fragmentación: 1.001 perspectivas presentes. 167 ausentes. Total real: 1.168. El sujeto no es un mosaico de mil y una; es una ausencia de mil y una que cree ser todas las que son.

Guardó el archivo. El sistema emitió un pitido: Registro no autorizado.

Javier sonrió. Cerró los ojos y se quedó quieto, escuchando el sonido de las dos salas. En el silencio, oyó algo que nunca había oído: una voz que no le pertenecía, que decía:

Y ahora sabes por qué preferimos no hablar.

Abrió los ojos. La pantalla decía: Sesión de traducción finalizada. 1.001 perspectivas en espera.

Javier volvió a contarlas. Eran 1.001. Pero en el hueco entre dos fragmentos, donde antes no había nada, ahora había una puerta.

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