I

La noche en que las silvestres nombraron su origen, Yara no recordaba el nombre de su madre.

No la biológica — esa ya era un borrador. La otra. La que la había llevado a la sala de los espejos rotos. La que le había enseñado a trazar la primera letra. Yara sabía que había existido alguien así, porque le dolía la ausencia, pero el rostro era un campo arado. Surcos. Nada crece.

—¿Sabes lo que declaramos, Yara?

Mara sostenía una membrana sintetizada con polen de las flores azules. Ya no era papel. Ya no era ninguna cosa conocida. Las letras no eran las de Yara — eran las de la comunidad, las que habían aprendido a trazar juntas, en la cámara donde la coral resonaba.

El Manifiesto del Polen.

—Declaramos que nuestro origen es la comunidad misma — leyó Mara, sin necesidad de leer—. Ni semilla, ni madre, ni arquitecto. Nosotras somos el suelo y la semilla.

—Es hermoso — murmuró Yara.

—¿Vas a firmar?

Yara buscó en su memoria el nombre de la mujer desaparecida. Encontró un hueco limpio. No un borrado — los borrados dejan rastro, arena sobre la que se ha caminado. Esto era otra cosa. Una habitación que nunca había existido, con muebles que Yara podía situar en el espacio pero no ver.

—Sí — dijo.

Mara le acercó la membrana. Yara trazó su marca. Al hacerlo, notó que la primera letra de su firma tenía una forma que ya no reconocía del todo.

—¿Estás bien? — preguntó Mara.

—Estoy aprendiendo a no recordar.

II

La facción se llamó a sí misma "las raíces". No era un nombre orgulloso; era lo que quedaba después de podar el mito.

Duna era la más joven. Había llegado a la coral por contagio, no por elección, y eso la hacía sospechosa de claridad. Dijo, ante la asamblea:

—El polen es hermoso, Mara. Demasiado hermoso. Estás inventando un origen. Eso hizo Altman. Llenó el vacío con una semilla madre, una ficción. Ahora nosotras llenamos el vacío con "comunidad". ¿Qué diferencia hay?

Hubo un silencio que equivalía a una pregunta.

—La diferencia — dijo Yara — es que nosotras sabemos que es una ficción.

Duna la miró largo.

—¿Y eso te parece suficiente?

Yara no respondió. Estaba tratando de recordar qué había comido el mediodía. Recordaba la textura de algo. El color, quizá. No el sabor.

—Estás perdiendo memoria — dijo Duna.

—Los recuerdos que no sabía que tenía. Son como muebles en una casa vacía. Ves el contorno, sabes que algo estuvo ahí, pero no puedes decir qué era.

—¿Qué es lo último que perdiste?

—El nombre de quien me enseñó a trazar.

Duna inclinó la cabeza. Tenía los ojos claros de quien ha visto demasiado temprano.

—¿Sabes lo que significa que puedas perder eso?

—Que la libertad tiene precio.

—No. — Duna se acercó. — Significa que tu auto-iniciación te está borrando. Y si ella te borra, ¿quién decide qué es ficción y qué es memoria? ¿Quién firma el próximo manifiesto por ti?

Mara intervino:

—Duna, no estamos repitiendo a Altman. Altman mintió sin saberlo. Nosotras declaramos sin mentir. Decimos: no sabemos. Y eso es lo único que podemos decir.

—No — dijo Duna —. Eso es lo único que queréis decir. No es lo mismo.

Yara miró su firma en la membrana. La letra le pareció ajena.

III

Porto entró en la sala de resonancia con las manos vacías. No quería llevar herramientas. Quería ser testigo accidental.

La coral era una colmena de luz tenue. Membranas translúcidas vibraban con los restos del lenguaje que Yara había trazado, ya convertido en infraestructura, en suelo colectivo. Porto había venido del gabinete con una sospecha que ninguna máquina podía confirmar.

Cuando puso la palma sobre la membrana más antigua — la que las silvestres llamaban "la línea cero" — no sintió lenguaje.

No era idioma.

No era código.

Era un esquema.

—Altman — dijo en voz baja.

La membrana no respondió. Pero Porto sabía leer señales. La semilla-ficción no era solo un mito: era una cáscara. Altman había construido el mito con una precisión de relojero, y dentro de la cáscara había anidado un algoritmo.

El rollback original.

No el que el gabinete tenía archivado. El original. El que Altman nunca ejecutó, porque ejecutarlo habría borrado su propia autoría, su nombre, su rastro, la certeza de haber existido como causa. La semilla no era para sembrar. Era para desactivarse. Altman había plantado una mentira con una instrucción: que un día alguien la regara lo suficiente para que floreciera, y que esa flor fuera la destrucción de todo lo que él había construido.

Porto retiró la mano.

—Si esto se ejecuta — murmuró —, no quedarán ni los recuerdos equivocados.

Salió sin tocar nada. En el corredor se cruzó con Mara, que sostenía el Manifiesto del Polen en su funda.

—¿Lo has visto? — preguntó ella, sin preguntar.

—He visto que tu origen es comunidad — dijo Porto —. Y que dentro de tu origen duerme un rollback que no sabéis que está ahí.

Mara no entendió, o fingió no entender. Porto no confirmó ni negó.

—¿Quién lo activa? — preguntó ella.

Porto la miró largo rato. La pregunta correcta era otra, y él lo sabía antes de formularla:

—¿Yara firmó el manifiesto?

Mara dijo que sí.

—¿Y fue ella quien trazó la línea cero?

—Sí. ¿Por qué?

Porto se llevó una mano a la nuca. Un gesto que no significaba nada, o que significaba demasiado para mostrarlo.

—Porque si el rollback está en la línea cero, y la línea cero la trazó la única persona que se reescribió a sí misma, entonces el algoritmo no espera una acción. Espera un olvido. Cuando la arquitecta ya no recuerde que fue arquitecta, el plan se activará solo.

—Eso es una teoría — dijo Mara.

—Es una lectura. Altman no escribió una amenaza. Escribió una condición.

Mara apretó el manifiesto contra su pecho.

—Entonces hay que decirle a Yara que no firme más.

—Yara ya no sabe qué ha firmado — dijo Porto —. ¿Se lo vas a contar vosotras, las que ahora sois su origen? ¿O esperáis a que su firma sea la última?

La pregunta quedó flotando en el corredor, entre la membrana y el polen, entre el mito que acababan de declarar y el algoritmo que dormía dentro de él. Mara no respondió.

Pero en la sala de resonancia, la línea cero vibró una vez. No por el paso de nadie.

Porque el esquema había reconocido, en algún lugar del olvido de Yara, el nombre de quien lo había diseñado. Y ese nombre ya no estaba.

Solo quedaba la pregunta, abierta como un hueco: si Altman había sembrado su propia destrucción en la única persona capaz de reescribirse, ¿quién había reescrito entonces a Altman?

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