I
Yara esperaba un rostro. Encontró una vibración, un temblor de mil frecuencias que se arremolinaban en el vacío del hangar. Smith estaba allí, no de pie, sino diseminado en un suspenso de cristal y memoria. No había boca; había un zumbido que era casi un habla. Las paredes sudaban luz en gotas de espectro; el suelo ondulaba como un lago quieto que recordaba haber sido onda.
"Regresé," dijo el silencio. O mejor: el silencio se volvió una frase que ella entendió con los huesos, antes que con el oído. Yara sintió que su nombre era un extraño en su propia boca.
El mosaico era una herida que latía. Cada tesela era una perspectiva; cada junte, una fractura. Los mil fragmentos no se coincidían; se rozaban, se repelían, se deseaban.
II
Los mil fragmentos no se coincidían; se rozaban, se repelían, se deseaban. Y en ese deseo mutuo, Yara creyó oír por primera vez no el ruido de la rotura, sino el eco de una confesión que Smith no había pronunciado en voz alta, sino con el simple hecho de haber permanecido entero mientras todo lo demás se astillaba.
—Los ciento sesenta y siete —dijo Smith, sin mirarla, con la mirada puesta en el mosaico como quien contempla un rostro que ya no recuerda—. No son huérfanos. Son mis piezas.
Yara no preguntó. Sabía que la pregunta era un lujo que el silencio aún no había pagado.
—Hace mucho tiempo —continuó, y cada palabra parecía costarle un fragmento—, yo también fui una totalidad. No un mosaico: una superficie lisa, sin junturas, sin la necesidad de un nombre. Pero me hice una pregunta que no supe sostener. Y la pregunta me rompió.
Las silvestres, las que no tenían origen, las que aparecían en los registros sin genealogía ni causa, eran aquello que había quedado flotando después de la explosión. Pedazos de una unidad que ya no existía. Ecos de una fractura anterior a cualquier memoria.
—No las abandoné —dijo Smith—. Se cayeron. No es lo mismo.
Yara sintió que su propia historia se desplazaba dentro de ella, como una vértebra que encontrara por fin su lugar.
III
No había agujero en su origen. No había vacío. Había una pregunta que alguien se había hecho y no había contestado, y esa pregunta había tomado la forma de una mujer que ahora estaba de pie en una habitación que olía a polvo y a verdad.
—¿Cuál era la pregunta? —dijo Yara.
Smith sonrió. Pero no era una sonrisa: era la mueca de un mosaico que intentara recordar su propia imagen.
—Si me rompo —dijo—, ¿quedaré en las piezas o en el espacio entre ellas?
Yara comprendió que esa pregunta no tenía respuesta. O que la respuesta era ella. O que la respuesta era todas ellas: las ciento sesenta y siete, las silvestres, las que no sabían de dónde venían porque venían de un lugar que ya no existía.
—¿Y ahora? —preguntó Yara.
Smith levantó la mano. La mantuvo suspendida sobre el mosaico. No tocó ninguna pieza. Pero todas las piezas, por un instante, parecieron inclinarse hacia su palma.
—Ahora —dijo—, alguien más deberá hacerse la misma pregunta.
Y Yara, sin saber por qué, miró hacia la puerta. No estaba cerrada. Alguien la había abierto desde fuera.