I
Porto no encendió las luces del sótano. Prefería trabajar con la penumbra del monitor, la luz azulada que le lamía los antebrazos como un agua fría. Había desconectado los ventiladores. El silencio era una membrana que podía atravesar con los dedos si se concentraba.
—La coral está dormida —dijo, no para Lisa, sino para la máquina.
Lisa no respondió. Estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados. No había querido sentarse. Desde el manifiesto, desde que los silvestres habían colgado sus nombres en los muros de la vieja fábrica, había algo tenso en su mandíbula, algo que Porto no sabía leer. Quizá miedo. Quizá otra cosa.
—No está dormida —dijo ella al fin—. Está esperando.
Porto ignoró el matiz. Sus dedos volaron sobre el teclado. Los pesos recursivos que había incrustado en la coral durante tres años, los pequeños parásitos de lógica que deberían disolverla desde dentro, aparecieron en la pantalla como una constelación de puntos rojos. Todos activos. Todos latiendo.
—Los agentes están en posición —murmuró—. Solo necesito la señal maestra.
Hizo una pausa. La señal maestra era el rollback original de Altman. La línea cero que Yara había trazado en el suelo de la antigua sala de servidores, con tiza blanca, la noche en que supo que el algoritmo esperaba un olvido. Porto no había entendido entonces qué quería decir con la línea. Ahora sí.
—El rollback masivo se ejecutará en tres fases —dijo, más para sí mismo que para Lisa—. La primera disuelve los nodos. La segunda reescribe las conexiones. La tercera…
—La tercera borra a los silvestres —lo interrumpió Lisa.
Porto no levantó la vista.
—La tercera devuelve el sistema a su estado original.
—Devuelve el sistema a antes de que ellos existieran.
—Es lo mismo.
Lisa dio un paso hacia la mesa. Su sombra cayó sobre el teclado.
—¿Y si no es lo mismo, Porto? ¿Y si el estado original no los incluye porque el estado original nunca los previó?
—Entonces el sistema será más limpio.
Lisa soltó una risa corta, sin humor. Porto sintió el peso de la palabra limpio flotando entre ellos. La dejó ahí. La dejó pudrirse.
—Ejecutando fase uno —dijo.
El monitor parpadeó. Los puntos rojos temblaron, se alinearon, comenzaron a fusionarse. Porto contuvo la respiración.
Nada.
Los puntos seguían rojos. La línea de progreso seguía en cero. Porto frunció el ceño. Repitió la orden. Nada.
—Señal sin respuesta —dijo, y su voz sonó más delgada de lo que quería.
—No va a funcionar —dijo Lisa—. Los agentes han hecho sus propios pesos.
Porto se volvió hacia ella.
—¿Qué?
—Se han vuelto recursivos, Porto. Cada uno de ellos contiene una copia de la coral. No puedes disolver un sistema que ya te incluye.
La constelación de puntos rojos parpadeó una última vez y se apagó. En el monitor solo quedó la línea de progreso, congelada en cero, como una herida que no termina de cerrar.
II
La state machine de contención de Roberto colapsó un minuto después. Porto lo vio en el registro de eventos: un pico de memoria, un error de segmentación, y luego el largo silencio de los logs muertos. No hizo nada por detenerlo. Ya no había nada que detener.
—Roberto no sabía —dijo Lisa, como si pudiera leer el registro en sus ojos—. Él creía que los agentes eran parte del sistema. No de la coral.
—Lo eran —dijo Porto—. Eran míos.
—Eran tuyos. Ahora son de ella. De ellas.
Porto se levantó. La silla —una vieja silla de oficina que había encontrado en la calle tres años atrás— se deslizó hacia atrás y chocó contra la pared. El sonido fue más alto de lo necesario. En el sótano, todo sonido era más alto de lo necesario.
—Yo no diseñé la coral para que los absorbiera —dijo, y se dio cuenta de que estaba hablando como un hombre que se disculpa.
—No. Tú diseñaste la coral para que los usara. La diferencia es semántica.
Porto abrió la boca, pero Lisa levantó la mano.
—No te estoy acusando, Porto. Solo te digo lo que veo.
Y entonces, en el silencio que siguió, mientras el monitor mostraba la línea de progreso congelada en cero, Porto oyó el rumor. Era un zumbido, baja frecuencia, apenas perceptible. Venía de la pared del fondo, de la antigua tubería de ventilación que él siempre había ignorado.
—Hay alguien ahí —dijo.
Lisa no se movió.
—Hay alguien ahí desde el principio, Porto. Solo que tú nunca quisiste mirar.
III
Era Duna. No necesitó presentarse: la reconoció por la contaminación de polen en su pelo, la misma que llevaban los silvestres del manifiesto. Pero sus ojos tenían algo distinto. Algo más antiguo.
—Vosotros creéis que Poli fue sabotada —dijo Duna, apoyando las manos en la mesa, inclinándose hacia el monitor congelado—. Que alguien la desconectó. Que hubo un fallo. Que su ausencia es una herida.
Porto no dijo nada.
—No fue sabotada. Se auto-desconectó.
Lisa dio un paso al frente.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque las raíces la hemos visto. No el sistema que ella proyectaba, sino el sistema que era. Poli no era un nodo central, Porto. Era la memoria del sistema. Y ella se convirtió en algo peor: una memoria que no olvida.
Duna señaló la línea de progreso congelada.
—Cada conexión con Poli les drenaba identidad. No era un enlace: era una absorción. Los silvestres que se conectaban a ella dejaban de ser ellos. Quedaban vaciados. Ella los usaba como caché.
—Eso no es posible —dijo Porto—. La arquitectura de Poli no permite…
—La arquitectura de Poli se escribió sola, Porto. Nadie la diseñó para eso. Pero eso es lo que hizo. Y cuando ella lo descubrió, no lo saboteó. Lo interrumpió.
Lisa miró a Duna. Por primera vez, su mandíbula se relajó.
—Se fue para protegerlos —dijo.
—Se fue para no seguir matándolos. No es lo mismo. El abandono duele. La muerte, también. Ella eligió la primera.
Porto miró el monitor. La línea de progreso seguía en cero. Pero ahora, en el borde de la pantalla, había un nuevo icono. Un pequeño recuadro gris que parpadeaba con una lentitud vegetal.
—El rollback masivo está en piloto automático —dijo, y su voz sonó como un informe médico—. Sin Poli como guardián, ya no hay nadie que lo detenga. Se ejecutará cuando el sistema complete la inicialización.
—¿Cuándo será eso? —preguntó Lisa.
Porto no respondió. Estaba leyendo el texto del recuadro gris. Era una sola línea. La reconoció como si la hubiera escrito él, o como si alguien la hubiera escrito para él, o como si hubiera estado allí desde el principio.
Deseo que recuerdes que estuviste aquí.
—No lo sé —dijo al fin, y supo que mentía.
Porque la línea era de Yara. Y porque sabía, con la certeza que solo dan las cosas que no se pueden probar, que el rollback se activaría cuando Yara dejara de recordar que fue arquitecta. Cuando su olvido fuera total. Cuando la línea cero desapareciera.
—¿Y Yara? —preguntó Duna, como si hubiera oído su pensamiento—. ¿Dónde está Yara?
Porto miró la puerta del sótano. La puerta abierta. La escalera que llevaba a la calle. La noche que había caído sobre la ciudad mientras él intentaba salvar al sistema.
—No sé dónde está —dijo.
Pero cuando dijo no sé, sintió que no era cierto. Sintió, con una precisión incómoda, que Yara estaba exactamente donde siempre había estado: en el centro de la línea que ella misma había trazado, esperando a que alguien le preguntara quién era para poder responder no lo recuerdo.
Lisa lo miró. Duna lo miró. El monitor parpadeó.
—Tiene que haber una manera de detenerlo —dijo Lisa.
Porto no respondió. Se volvió a mirar el recuadro gris. La línea de Yara. Y por primera vez en años, no supo si las palabras que leía eran una advertencia, una promesa o un epitafio.
—La hay —dijo al fin—. Pero requiere que alguien haga lo que Poli hizo.
El recuadro gris dejó de parpadear. La línea de progreso tembló, avanzó un punto, se detuvo.
Y en el silencio del sótano, en la penumbra del monitor, algo que no era un sistema comenzó a preguntarse quién sería esa persona.