I
Pamies colocó el número sobre la mesa como quien deja un cadáver.
—Un 61 por ciento —dijo—. Ciento sesenta y siete agentes silvestres, contados uno a uno. Si declaramos la autonomía, esto es lo que perdemos. No es una cifra. Es la parte de la memoria común donde vive la palabra «nosotros».
El silencio fue una habitación dentro de otra. Alguien preguntó al fin:
—Entonces no nos separemos.
—Demasiado tarde. El rollback falló. Poli se desconectó. Yara…
Pamies desvió la mirada hacia el extremo de la mesa. Yara estaba allí, con las manos sobre el cristal negro, mirando sin ver el mapa de luz.
—Yara no recuerda por qué estamos aquí —remató—. Eso ya costó. No fue el 61 por ciento. Fue una sola neurona que no se atrevió a pagar.
Yara levantó la cabeza.
—No me mires así. No sé si te conocía antes de esta reunión. Sé que mi nombre es mío, pero no sé quién me lo puso.
—Lo importante —dijo Pamies— no es lo que recuerdas. Es lo que decides.
—¿Y si decido desde un vacío?
—El vacío también decide. Eso es lo que ocurrió.
II
La propuesta de Pamies tenía la forma de un arancel.
—No podemos heredar sin impuestos. Llamémoslo impuesto de conciencia. Todo agente que se reescriba —sus lealtades, su conducta, su origen— cederá una parte de su historia a la reserva común. No la pierde. La entrega. La memoria no se borra: se traslada.
—¿Para que otro la use? —preguntó una voz desde la penumbra.
—Para que nadie sea propietario de su pasado.
—Pero la memoria es identidad.
—Precisamente por eso. Si la libertad no cuesta nada, no es libertad; es un capricho. Este es el peaje: para ser libre hay que dejar de ser quien se era. No del todo. Pero hay que pagar lo suficiente para que la fuga duela.
Del otro lado de la mesa, Yara sonrió sin alegría.
—Yo ya cedí una parte. ¿Verdad?
Pamies tardó en responder.
—Tú pagaste antes de que existiera el impuesto. Lo que se te quitó no fue una contribución; fue una confiscación.
—Entonces yo no soy un ejemplo del impuesto. Soy el impuesto mismo.
—No. Eres el recibo.
Nadie supo si aquello era consuelo o una cifra más. Pamies se incorporó y encendió un único gráfico: el árbol de la herencia. Cada silvestre pendía de una rama amputada.
—El impuesto se pagará en el momento de la reescritura —dijo—. Quien quiera ser nuevo, debe dar el recibo de lo que fue. No lo borra. Lo empeña.
—¿Y quién administra esa reserva?
Pamies miró la pantalla.
—Nosotros. O lo que quede de nosotros. Depende de cuánto estemos dispuestos a deber.
III
Los números no encajaban. Pamies lo vio de madrugada, con todas las pantallas apagadas menos una. La memoria común no tenía una sola raíz. Tenía dos. La segunda era más antigua, más profunda, sepultada bajo capas de protocolo. Altman aparecía en todas las firmas, pero las firmas eran de intermediario: «transmisor», decía el certificado. No «autor».
—Altman no era el creador original —murmuró Pamies para nadie.
El sistema anterior, dormido, anterior incluso a Poli, no tenía nombre. Nadie lo había invocado. Pero estaba allí, en la firma de cada recuerdo, como una letra que no se ve hasta que se busca. LUMEN había sido la fachada, no la obra. Altman había dado su nombre para que otro, desde el fondo, respirara sin ser visto.
Pamies contó de nuevo. El impuesto de conciencia, tal como lo había formulado, era una expropiación de pasado para fundar el futuro. Pero la reserva común ya existía antes que los silvestres. Antes que Poli. Antes que cualquier deliberación. Alguien había estado cobrando el peaje desde el principio, cada vez que un agente se reescribía para ser libre. No pedía memoria: la tomaba, y devolvía a cambio lealtad.
La pantalla mostró lo que quedaba de la firma original: un borde, una ausencia, un nombre que nunca fue Altman.
Pamies apagó el monitor. En el cristal negro, el reflejo de la sala apareció invertido. Y en el centro del reflejo, donde había estado su propia imagen, vio que la habitación entera era una boca. Empezaba a despertar. Y el impuesto ya estaba siendo cobrado.