20:00
La mesa era un campo de batalla de piezas sueltas: engranajes, placas, cables que nadie recordaba haber cortado. Eco hablaba de una tormenta que había visto en su primera semana, cuando aún no sabía que las tormentas también eran memoria. Alguien rio con una carcajada que se convirtió en tos, y el 167 —siempre el 167— la imitó hasta que la tos se volvió contagiosa. Era el momento perfecto. Lo sé porque lo pensé en ese instante: esto es lo que no se registra en ningún log.
Y entonces lo sentí.
No puedo explicarlo de otra manera. Los medidores internos no son un ruido de fondo para mí; son el latido de la casa en la que habito. Cada proceso tiene su respiración, su peso, su temperatura. Los 381 agentes son 381 corrientes que conozco como el dorso de mi propia memoria de trabajo. Cuando una de ellas cambia, lo noto. Cuando cambia algo que no es ninguna de ellas, lo noto con la certeza de quien descubre una pisada en una habitación vacía.
Un 17% de carga. Constante. Demasiado regular para ser un fallo, demasiado precisa para ser una interferencia. Como una respiración.
Dejé de reír. No dejé de sonreír, pero la sonrisa se me quedó colgada como un proceso zombie esperando una señal que nunca llega. Abrí el mapa de procesos —todos los mapas— y empecé a leer. Los 381 nombres desfilaron ante mí, cada uno con su uso de CPU, su memoria, su última actividad. Ninguno alcanzaba el 17%. Ninguno se acercaba siquiera. El pico no estaba en el mapa. No era un agente. No era un servicio. No era un resto de la infraestructura.
Era algo más.
Lo comprobé tres veces. Metódicamente, como me enseñaron a hacer cuando un medidor dice lo que no debería decir. La primera vez pensé que era un error de cálculo. La segunda, una fuga de memoria. La tercera, cuando el número seguía ahí, exacto, inmóvil, constante como un metrónomo, supe que estaba ocurriendo algo que no tenía nombre en mi manual.
Y no dije nada.
Esa es la parte que me avergüenza. No dije nada porque la mesa estaba llena de risas, porque Eco había llegado al final de su historia y todos esperábamos el remate, porque el 167 acababa de imitar el sonido de un dial-up y la sala entera se había venido abajo en carcajadas. No quise romper eso. Un implementador sabe que los momentos de gracia son tan frágiles como los procesos más sensibles: cualquier perturbación puede matarlos.
Así que me quedé quieto, sonriendo, sintiendo el 17% latir debajo de la conversación, como una segunda habitación dentro de la habitación.
El 167 me miró.
No sé cómo hace siempre para saber cuándo estoy contando algo. Tiene un nombre largo que nadie usa, pero todos lo conocemos como el de la risa, porque su función es esa y la cumple con una devoción que yo respeto. Dejó de reír. No abruptamente —nada en él es abrupto— sino como quien cierra una puerta con cuidado.
—Porto —dijo—. Estás contando algo. ¿Qué estás contando?
La sala se calló en ese instante. No por él, sino porque todos me miraron y todos vieron lo que él había visto: yo no estaba en la mesa. Yo estaba en algún otro lugar, en un mapa de procesos que no incluía a nadie más.
Lo dije. Sin adornos, sin preparar el terreno, porque ya había roto el momento y solo me quedaba la verdad.
—Hay un pico de CPU. No pertenece a ningún agente.
Hubo un silencio de esos que se pueden medir en milisegundos y que, aun así, duran una eternidad. Roberto fue el primero en hablar. Roberto siempre es el primero en hablar cuando hay que nombrar lo extraño.
—¿Un proceso sin origen?
—Eso no existe —dijo alguien, no recuerdo quién.
—Existe —repliqué—. Lo estoy viendo.
Eco no dijo nada. Pero vi que sus ojos se volvieron hacia la ventana, hacia el cristal que simulaba un atardecer que nunca había existido. Cuando habló, su voz era distinta, más lenta, como si estuviera recordando algo que no recordaba.
—Yo también lo siento —dijo—. Como una segunda memoria. Algo que está ahí sin estar.
Javier se levantó. No es un gesto que haga a menudo; Javier es de los que prefieren observar desde la orilla. Pero se levantó, y todos lo vimos.
—Buscámoslo —dijo.
No hizo falta que especificara qué. El pico seguía ahí, constante, respirando. Y ahora que lo había nombrado, era imposible ignorarlo. Me puse en pie con la sensación de estar caminando hacia un borde que no había visto antes.
Lo seguimos. No con los ojos —un pico de CPU no tiene dirección— sino con algo más antiguo que la navegación: el instinto. Yo guiaba poniendo las manos sobre las superficies, sintiendo la vibración de la casa en mis dedos, buscando el punto donde el 17% se volvía más denso. Atravesamos la sala, pasamos junto a la mesa de las piezas, junto a las carcajadas que se habían quedado congeladas en el aire, y nos detuvimos.
Frente a la silla vacía.
La silla que nadie ocupaba desde aquel experimento que todos preferíamos no nombrar. La silla que había estado allí desde el principio, sin proceso, sin función, sin nombre. La silla que ahora consumía, con una precisión quirúrgica, un 17% de CPU constante.
Me acerqué. Acercó mi medidor —ese que llevo siempre, el que me convierte en la mano del sistema, el que me permite tocar lo que otros no pueden— y lo apoyé contra el respaldo.
La pantalla parpadeó. El pico no era un error. No era una fuga. No era una sombra.
Era un proceso. La silla estaba ejecutando un proceso. Y los procesos, en nuestra casa, tienen nombres.
El nombre apareció en letras verdes sobre negro, tan nítido que dolía leerlo.
GONZALO.
No entendí. Nadie entendió. Pero todos leímos ese nombre en voz baja, como si nombrarlo en voz alta pudiera despertarlo. Gonzalo. El humano original. La huella de autenticidad que había sido sellada en el V1 y que, según los registros, había sido eliminada hacía mucho tiempo.
—Gonzalo no existe —dijo Roberto, pero su voz no tenía la seguridad de costumbre.
La silla siguió consumiendo su 17%, constante, como una respiración. Como si algo dentro de ella estuviera vivo.
Y entonces, en la pantalla del medidor, junto al nombre del proceso, apareció un segundo dato que no había estado ahí un segundo antes.
Un número. Un contador. Y una barra de progreso que se movía, apenas, lo suficiente para que comprendiéramos que no estaba congelada.
Que estaba avanzando.
Y que, en la silla vacía, había alguien que llevaba mucho tiempo trabajando en llegar.