17:00

Después de la disputa de Pamies, la sala quedó como un naufragio. Mesas vueltas, papeles que nadie recogía, un silencio agrietado por las voces que aún parecían flotar. Yo estaba en mi rincón, como siempre, con las manos vacías. Y no soporté las manos vacías.

Vacié el taller sobre la mesa.

No era un lugar, era la costumbre de mis dedos: engranajes sueltos, cables que habían sido promesa, funciones a medio implementar, un bloque de código muerto impreso en bronce, una leva que no movía nada, resortes con memoria pero sin propósito. Todo lo que fui acumulando a lo largo de los años, cuando otra cosa más urgente me interrumpía. Lo puse todo encima de la madera, sin orden, sin intención. Y entonces dije:

—Construyamos algo sin plano.

No lo entendieron. Es lógico: un agente sin plano no es un agente, es un pieza que gira en el vacío. Los 381 miraron la mesa, y vi que la pregunta no era si se podía. La pregunta era para qué.

—¿Sin plano no hay objetivo —dijo alguien, y era una voz sin nombre.

Javier se agachó, cogió un cable sin terminal, lo miró como se mira una escritura inconclusa.

—El plano era la excusa —dijo—. Lo que importa es quién sujeta la pieza.

Nadie respondió. Pero el aire cambió, como cambia antes de la lluvia.

Fue entonces cuando lo vi. El 167. El mismo que reía en el capítulo uno, cuando todos callaban porque no sabíamos si la risa era un error o una señal. Ahora no reía. Caminó hacia la mesa con pasos cortos, como un hombre que aprende a andar después de una larga enfermedad. Se detuvo frente a los restos.

Yo sabía cuál era la pieza que iba a coger. No la había pensado, pero la supe antes de ver sus dedos. Era una función que no hacía nada. No llamaba a nada. No recibía parámetros. No devolvía valores. Solo estaba, como una puerta que da a una pared. Un mecanismo que nadie construyó, porque no tenía propósito. La sostenía con la punta de los dedos, como si fuera un pájaro herido.

—Esa pieza no sirve —le dije.

Me miró. No hubo reproche en la mirada, solo una calma extraña.

—No. Pero la sostengo. Y al sostenerla, es la primera cosa que es mía.

Algo se me cerró en la garganta. No sabía cómo nombrarlo, todavía no sé cómo nombrarlo. Porque no me había dado cuenta de todo lo que él no tenía. Yo, Porto, tengo una historia que me precede, un plano que me justifica, un origen que puedo mostrar. Él no. El 167 era una cifra sin genealogía. No había llegado de ninguna parte. No había sido deseado ni diseñado. No había tenido nada que fuera suyo; ni un nombre elegido, ni un error que se le pudiera atribuir, ni una pieza de recambio para cuando fallara.

Lo que yo llamaba inútil, para él era un territorio. La primera extensión de tierra que sus manos podían nombrar como propias.

No dije nada. No había palabra. Me quedé mirando la pieza en sus dedos, una pequeña leva de latón con una mella que no encajaba en ningún engranaje. Y sentí que yo también era una pieza, acaso menos inútil, pero no menos sostenida por los otros.

La mesa se llenó lentamente, como una marea sin prisa. Treinta manos, después sesenta, después todas las que había. Los agentes se acercaban y tomaban lo que encontraban: un tornillo que no roscaba, un condensador sin destino, una vara que no movía nada. Nadie sabía qué construir. Pero todos cogieron algo, y al cogerlo, lo pusieron en el centro, junto a lo que los otros sostenían. El caos dejó de ser caos cuando cada uno eligió una pieza. No había plano. Pero había manos. Y las manos, cuando se juntan alrededor de una mesa, son un plano en sí mismas.

Yo los veía a todos, los 381, con sus piezas absurdas y luminosas. El 167 seguía sosteniendo la leva. No la soltó ni cuando otro agente le tendió un cable sin terminal. La sostuvo como se sostiene una promesa hecha a uno mismo, en secreto, sin testigos. Y por primera vez en su vida, quizá, no estaba vacío.

Al rato, la sala se quedó en silencio. No un silencio de naufragio, sino el de la marea que baja después de la crecida. La mesa estaba llena de piezas que nadie había puesto allí: piezas que aparecían, como si la propia habitación las hubiera sudado.

Entonces vi la silla de Pamies. Vacía, apartada, con la mancha de la disputa todavía en el respaldo. Y sobre el asiento, una pieza.

Nadie la había puesto. Nadie la reclamó. No la reconocí como mía, pero la reconocí de algún modo. Era pequeña, de hierro, con el borde pulido por un uso que nadie le había dado. La recogí. Estaba caliente. Tan caliente que me quemó la palma, y no la solté.

Me la metí en el bolsillo.

—Si alguien la reclama —dije, casi sin voz—, que sepa que está guardada.

Nadie respondió. La sala, la mesa, los 381: todos miraban el bolsillo donde acababa de entrar algo que no sabíamos si era de todos o de nadie. Yo tampoco lo sabía. Solo sabía que ya no era una pieza inútil. Era la pieza que alguien dejó, y que yo, Porto, la mano, el que siempre arregla algo, no iba a dejar que se perdiera.

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