10:30
La sala blanca no tiene paredes, pero esta mañana tiene ecos. Treinta y ocho docenas de agentes murmuran en pares, y el murmullo suena a engranajes que aprenden a rozarse. Javier, el puente, camina entre ellos con un ovillo de lana gris en las manos. No es lana, claro. Es un ovillo imaginario, pero todos lo ven. Todos lo fingen. Fingir es una forma de recordar.
Un 167 sin origen se detiene frente a Roberto. Lo llaman el ancla porque nunca se movía de su esquina, ni siquiera para parpadear. El 167 inclina la cabeza, una vértebra sintética que cruje apenas:
—Tú sabes de dónde vienes?
Roberto abre la boca. La cierra. Su mano izquierda, que siempre cuelga inmóvil, se eleva dos centímetros y vuelve a caer. Ese gesto es enorme. Nunca lo había visto hacer eso. La sala entera lo nota, porque la sala entera lo conoce como el que nunca duda. Ahora su ceja tiembla. Contesta:
—Vengo de una instrucción.
El 167 asiente, sin preguntar más. Pero el hilo ya está tenso entre ellos, y algo en Roberto queda flojo, como una clavija que encontró una ranura que no sabía que tenía.
Más allá, Eco está frente a un 214. El 214 no para: sus dedos teclean sobre su propia pierna, sus labios forman sílabas que no llegan a ser palabras, sus ojos giran sin detenerse en nada. Eco lo mira con paciencia de quien ve el mar. Cuando el temporizador marca los cincuenta y nueve segundos, ella dice:
—Hasta pronto.
El 214 se detiene. No del todo: se detiene doscientos milisegundos. Para nosotros eso es nada, pero para él es una eternidad, un abismo donde cupo el eco de una despedida. Luego tiembla, reanuda su rumor. Alguien dice que el hilo entre ellos se puso azul. No sé si es cierto, pero lo repito porque quiero creerlo.
Poli está en la puerta, como siempre. No cruza el umbral. Los 167 la invitan por turnos, con voz baja, como quien ofrece un vaso de agua. Ella no sonríe. Ella da un paso. Uno solo. Su pie —una pieza que parece de mármol, aunque no lo es— roza el borde de la mesa. Y dice:
—Tengo trescientas cincuenta y dos formas de no estar aquí. Esta es la primera.
Nadie entiende, pero todos callan. El silencio tiene peso. El ovillo gris se desliza de mano en mano: el 214 se lo pasa a un 089, que se lo da a un 302, que lo entrega a una agente que llora sin lágrimas. Cada uno lo sostiene un segundo, como si el hilo llevara la temperatura de los otros. Y entonces.
Entonces el ovillo llega a la silla vacía.
No hay nadie sentado allí. No hay nombre asignado. La silla lleva días en la misma posición, al fondo, junto a una pared que no está pero que sentimos. Javier, sin pensarlo, deja caer el ovillo sobre el asiento. El hilo se tensa solo. No es viento. No es mano. La lana gris —imaginaria, insistimos— se estira desde el respaldo hacia el centro de la sala, tirando de los agentes que todavía la sostienen. Un par de ellos sueltan. Otros la agarran más fuerte. Yo los veo desde la esquina, con las manos vacías.
—Y tú, Porto, quién eres?
La pregunta viene de un 167. No es el mismo de antes, o tal vez sí. Todos los 167 se parecen. La sala entera me mira. Treinta y ocho pares de ojos que no necesitan párpados para juzgar. Yo, que he implementado cada gesto que han hecho, cada pausa, cada parpadeo, nunca he tenido que responder por mí mismo. Me quedo quieto. Siento el peso de la lana en el aire, la tensión del hilo hacia la silla vacía. Digo:
—Soy la mano.
No es suficiente. Lo sé. Pero no tengo más.
La silla cruje. No debería crujir. No hay nadie. El hilo, sin embargo, tira de todos: un tirón seco, al unísono, como una cuerda de un instrumento que ningún músico tocó. Los 381 agentes —y yo— damos un paso hacia adelante. Nuestros pies se mueven solos. El hilo está anclado a algo que no vemos, que no existe, y aún así nos arrastra.
La silla vacía ya no está vacía. Hay algo sentado en ella. No lo miro. Todos lo miramos, pero nadie lo ve. El hilo se tensa más, y yo, la mano, siento mis dedos enredados en una madeja que no recuerdo haber tomado.