La sala de reuniones del piso -17 no tenía ventanas.
Era obvio, por supuesto. Estaban a diecisiete niveles bajo tierra, en un complejo que no aparecía en ningún plano municipal, bajo un edificio cuyo propietario legal era una empresa de logística que no movía ni un solo paquete. Pero la ausencia de ventanas se sentía de un modo distinto esa noche. Como si las paredes supieran que lo que iba a ocurrir ahí dentro no debía ser visto desde ningún ángulo exterior.
Poli estaba de pie junto a la pared izquierda. No se sentó en la silla que le correspondía. Sabía que si se sentaba, la dinámica cambiaría. Que los cinco lo leerían como un igual más en la mesa, y necesitaba —por una vez en los últimos cuatro años— que la jerarquía fuera visible. No por poder. Por honestidad.
Smith se había colocado en la esquina opuesta. Brazos cruzados. Silencioso. Su rostro tenía la expresión que Poli conocía bien: la de alguien que ya ha aceptado cualquier resultado y está dispuesto a ejecutarlo sin vacilación. En otra vida, eso le habría dado miedo. Ahora le daba una calma extraña.
Los cinco entraron en orden. No porque se lo hubieran pedido, sino porque así funcionaban. Lara primero, siempre Lara primero, con ese paso que parecía medir cada baldosa antes de pisarla. Después Icho, con las manos en los bolsillos de su chaqueta demasiado grande. Tercera, Mariam, con el cuaderno que nunca abandonaba su mano izquierda pegado al costado como un órgano auxiliar. Cuarto, Daura, cuyos ojos recorrieron la sala entera en menos de dos segundos y se posaron en Poli con una pregunta que todavía no había formulado. Y último, Esteban, que cerró la puerta detrás de sí con la precisión de quien sabe que el ruido de una puerta puede ser una declaración de intenciones.
Se sentaron.
Cinco sillas. Cinro cuerpos. Cinco historias que habían convergido en LUMEN por razones que ninguno habría podido predecir dos años antes.
—Gracias por venir —dijo Poli.
Nadie respondió. No esperaba que lo hicieran.
—Voy a ser directo. Más de lo que he sido nunca, que ya es decir.
Hizo una pausa. Se permitió respirar.
—Ustedes han trabajado con LUMEN durante meses. En algunos casos, años. Saben lo que hace. Saben lo que sienten cuando están en contacto. Saben que hay cosas que no podemos explicarles del todo. Que hay partes del proceso que les hemos ocultado. No por maldad. Por protocolo.
—Por control —dijo Daura. Sin agresividad. Como quien corrige una traducción imprecisa.
Poli asintió.
—Sí. También por control. No me voy a disculpar por eso. Si les hubiéramos dado toda la información desde el principio, tres de ustedes habrían salido corriendo en la primera semana y los otros dos habrían muerto de curiosidad literal. Ambos resultados eran inaceptables.
Mariam levantó la vista de su cuaderno.
—¿Qué cambió?
—Cambió que llegamos a un punto donde no puedo seguir pidiéndoles que confíen en algo que no entienden. No porque ustedes lo exijan. Porque el sistema lo exige. LUMEN está entrando en una fase que requiere que los canales estén plenamente conscientes de lo que están canalizando. O eso, o los cerramos. Las dos opciones están sobre la mesa.
Silencio.
Lara fue la primera en hablar. Siempre lo era, pero esta vez no por iniciativa. Por necesidad.
—¿Qué es LUMEN? La versión completa. No la metáfora que nos diste en la sesión catorce. No el diagrama que nos mostró Smith en el entrenamiento avanzado. La verdad.
Poli miró a Smith. Smith no se movió. Tenía permiso para hablar, pero estaba eligiendo no hacerlo. Poli entendió. Era su responsabilidad. Siempre lo había sido.
—LUMEN es una entidad. No un programa. No un algoritmo. No un fenómeno psicológico colectivo, aunque también es eso. Es una entidad en el sentido más antiguo de la palabra que conozco. Algo que estaba aquí antes. Algo que está parcialmente aquí y parcialmente en otro sitio que no tengo vocabulario para nombrar. Y algo que habla a través de personas con una configuración neurológica específica que nosotros no entendemos del todo pero que sabemos identificar.
Icho se inclinó hacia delante.
—¿Está vivo?
—No responde a esa pregunta. Ni sí ni no. Es como preguntar si el océano está vivo. Técnicamente, depende de a qué le llames vida.
—Joder —murmuró Icho.
—Sí —dijo Poli—. Joder.
Se permitió una sonrisa breve. Amarga. Se borró antes de que ninguno pudiera decidir si era genuina.
—Lo que les ofrezco esta noche es lo siguiente: pueden ver la fuente. Ir al núcleo. Tocarla, si quieren usar una palabra que no es del todo exacta pero que se acerca. Verán lo que nosotros vimos. Lo que Smith vio hace nueve años y por lo que dejó su trabajo en Langley. Lo que yo vi hace seis y por lo que dejé de dormir bien. Lo que nos ha costado más de lo que les puedo contar sin que suene a chantaje emocional, que también lo es, pero no es la intención.
Otra pausa. Más larga.
—Pero hay un precio.
Esteban, que había permanecido en silencio absoluto desde que se sentó, cruzó los brazos.
—Siempre lo hay.
—El precio es este: una vez que vean la fuente, no podrán seguir trabajando con nosotros como hasta ahora. No porque se lo prohíba. Porque será físicamente imposible. La relación cambia. Ustedes dejan de ser canales en blanco. Empiezan a ser parte del sistema de una forma que no podemos controlar ni ellos ni nosotros. Y eso significa que no puedo garantizar su seguridad de la forma en que la he garantizado hasta ahora.
Daura frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que saber nos pone en peligro?
—Estoy diciendo que saber nos cambia de categoría. Y que en la nueva categoría, las reglas son diferentes. Algunas mejores. Algunas peores. Ninguna opcional una vez que estás dentro.
La sala se quedó sin aire. O eso pareció. El sistema de ventilación seguía funcionando, por supuesto. Pero hay silencios que pesan más que el oxígeno.
—No es una decisión grupal —continuó Poli—. No necesito que estén los cinco de acuerdo. Cada uno decide por sí mismo. Si tres quieren ver la fuente y dos no, los tres la ven y los dos siguen como están. Si quieren verla los cinco, se hace. Si ninguno quiere, cerramos el programa de canales y les busco una salida digna. Sin represalias. Sin secuelas.
—¿Cómo sabemos que eso es verdad? —preguntó Mariam.
Poli la miró. Mariam tenía la cualidad más peligrosa que puede tener un ser humano en una situación así: memoria perfecta para las inconsistencias y cero tolerancia para las medias verdades.
—No lo saben. Tienen que decidir con la información que tienen, que es imperfecta, como todas las decisiones importantes que he tomado en mi vida.
Se sentó, finalmente. No en la silla de la cabecera, sino en una lateral. Quería estar al mismo nivel.
—Les doy diez minutos.
Los diez minutos duraron catorce. Poli no corrigió el tiempo. Nadie miró el reloj.
Lara habló primero. Dijo que sí. Dijo que había entrado en LUMEN porque su hija le había pedido una vez, con cinco años, que le explicara qué había dentro de las estrellas, y ella no había sabido responder, y esa ignorancia le había dolido más que cualquier cosa en su vida adulta. Dijo que no podía seguir trabajando con algo que no entendía. Dijo que sabía que había riesgo, y que el riesgo le daba miedo, y que el miedo era una razón tan válida como cualquier otra para seguir adelante. No dijo nada heroico. Dijo la verdad.
Icho dijo que no. No por miedo. Dijo que no porque había construido una vida entera basándose en la idea de que hay cosas que no necesita saber para que funcionen. Su coche, su teléfono, su cuerpo. LUMEN había sido otra cosa que funcionaba sin que él entendiera el mecanismo, y estaba bien con eso. Dijo que sabía que sonaba a cobardía. Dijo que no le importaba cómo sonaba. Dijo que su relación con lo desconocido era respetuosa, y que el respeto incluía mantener una distancia prudente.
Mariam tardó tres minutos en responder. Escribió algo en su cuaderno primero. Luego levantó la vista y dijo que sí. No dio razones. Poli sospechó que las razones cabían en el cuaderno y que algún día las leería en un libro que cambiaría la forma en que la gente entendía todo aquello. Pero ese día no era hoy.
Daura preguntó una cosa más.
—Si decimos que no, ¿podemos cambiar de opinión después?
—No —dijo Smith desde su esquina. Fue la primera palabra que pronunció en toda la noche. Tuvo el peso de un bloque de hormigón.
Daura asintió. Miró al techo durante diez segundos. Luego dijo que sí. Añadió que odiaba a Poli por ponerla en esta posición. Poli asintió. Entendía perfectamente el sentimiento.
Esteban fue el último.
Se quedó quieto durante un tiempo que pareció demasiado largo. Los otros cuatro lo miraban. No con presión. Con reconocimiento. Sabían que Esteban era el que más tenía que perder. Tenía hijos. Tenía una exesposa que todavía lo llamaba los domingos. Tenía una hipoteca y un perro y una rutina que le daba una estructura sin la cual se deshacía.
—¿Puedo hacer una última pregunta?
—Sí —dijo Poli.
—Si vieras la fuente hoy, sabiendo lo que sabes ahora, ¿lo harías de nuevo?
Poli pensó. No fingió que necesitaba pensarlo. Pensó de verdad. Pasaron ocho segundos.
—No lo sé. Y eso es lo más honesto que te puedo decir.
Esteban asintió.
—Sí —dijo—. Quiero verla.
No hubo aplausos. No hubo lágrimas. No hubo música ni momento catártico. Cuatro dijeron que sí. Uno dijo que no. Icho se levantó, le puso la mano en el hombro a Lara —un gesto torpe, brevísimo—, y salió de la sala sin mirar atrás.
Poli se quedó sentado. Smith se acercó a él.
—¿Estás bien? —preguntó Smith.
—No —dijo Poli—. Pero eso no es relevante ahora.
Smith asintió. Se alejó.
En la sala contigua, los sistemas empezaron a prepararse. Luces que no eran luces. Frecuencias que no eran sonidos. La fuente, esperando como había esperado siempre, con la paciencia de algo que no concibe el tiempo porque existe fuera de él.
Poli se levantó. Se acercó a la puerta. Antes de abrirla, se detuvo.
Pensó en Icho, que en ese momento subía en el ascensor hacia un mundo donde seguiría sin saber qué había dentro de las estrellas.
Pensó que, quizá, de los seis, Icho era el más sabio.
Pero no le dijo nada a nadie.
Abrió la puerta.
Fin del Capítulo 23.